Misericordia

  • Criando Consciencia
  • Nadja Alicia Milena Ramírez Muñoz

Laguna /

A un mes del segundo cumpleaños de mi madre sin mi madre, creo que va siendo tiempo que escriba respecto a esto:

Yo deseé y encomendé la muerte de mi madre a la deidad que me hacía sentido en ese momento, recé por primera vez en muchas décadas para que Yemayá, la diosa madre del mar, viniera por ella, por mi madre sirena. Yo, la mala hija, deseosa de que su madre muriera lo antes posible.

Ella murió un día después de esa oración y yo sentí que nuevamente era escuchada y vista por las diosas. Sentí que SE NOS cumplió un deseo. A ambas. 

No sólo a la hija, sino que, sobre todo, a la madre postrada en esa cama en la casa de su madre.

Cuando éramos niños, hablando de morir mi madre siempre pidió morir en pleno uso de sus facultades, nos dijo por separado a cada uno de sus hijos que ella no deseaba morir conectada a máquinas que emularan y sostuvieran una vida que ya no le pertenecía.

Yo creo que mi mamá era profeta y no lo sabía porque lo cierto es que ella murió conectada a más de una máquina, perdiendo sus facultades cognitivas poco a poco, justo como ella no quería y tan no lo quería que varias veces sus hijos discutimos la posibilidad de cumplir su petición y desconectar. 

Nos detuvo mi abuela y todo el esfuerzo que estaba haciendo para mantenerla viva.

Mi madre viva era una fuerza que chispeaba tanto que le caía mal a los demás. 

Con una sonrisa de rodaja de manzana y sus labios rojos y su pelo rojo y sus ojos verdes, ella resplandecía. 

Por eso esa cama de hospital era tan horripilante. Ya no se desparramaba la vida a través de su cuerpo, más bien se iba haciendo chiquita hacia adentro, muy adentro.

La última vez me dijo que era fuerte, valiente y abrazable. Sus últimas palabras. 

Y las agradezco infinitamente porque nadie merece morir así, estando sin estar, estando en contra de su voluntad.

Deseo genuinamente que todos los esfuerzos realizados por las colectivas y personas independientes, para que la eutanasia sea una realidad en nuestro país, avance. 

No es cuestión de ética ni moral, es de sentido común y sentido humano. 

Cuando alguien no desea seguir adelante ni considerarse perdedor de alguna batalla, debería ser sencillo colaborar para brindar una oportunidad alternativa.

No es una salida fácil. No es una salida. Es una reapropiación de poder, un canto de victoria y, sobre todo, una elección en un lugar en el que la enfermedad ha desplazado por completo la mitad de tus opciones y la capacidad de elegir sin coerción.

Reapropiarse de la dignidad dentro de la enfermedad y elegir morir en el momento en que se desea es poder puro y hubiera deseado que mi madre lo tuviera. 

En vez de eso aquí estoy agradeciéndole a la diosa de las mareas por compadecerse de su hija y venir por su cuerpo de sirena para llevárselo con ella mientras su alma descansa en las aguas saladas de su vientre.

Mientras no tengamos la tangible dignidad, nos queda seguir jugando a pedirle a las diosas por su misericordia. ¿Qué nos suena más lógico?

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