Hugo Sánchez: el orgullo de ser Hugo

Ciudad de México /
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Antes de convertirse en el Pentapichichi, antes de las chilenas en España, antes de que el Real Madrid lo hiciera parte de su historia, Hugo Sánchez tuvo que ganarse un lugar en Pumas. Quizá ahí, en aquellos primeros años, se encuentre una de las claves para entender al personaje: un futbolista que no quería ser uno más, que soñaba con ser el mejor y que parecía tener demasiada prisa por demostrarlo.

Hugo no nació leyenda. La leyenda se construyó entre entrenamientos, goles, exigencias y una convicción que lo acompañó desde joven: quería llegar a Europa y convertirse en uno de los mejores delanteros del mundo. Él mismo ha contado que su padre le decía que sería el mejor futbolista de la historia de México. Aquella frase terminó convertida en una promesa que Hugo se empeñó en cumplir.

Hay algo fascinante en esa seguridad. A los 18 años, cuando debutó con Pumas, el 23 de octubre de 1976, ante Tigres, no tenía manera de saber hasta dónde llegaría. Entró de cambio por Geraldo Cándido y comenzó una carrera que terminaría por llevarlo a la cima del futbol español. No conocía el desenlace, pero tenía claro lo que quería ser. Y no parecía dispuesto a conformarse con menos.

¿Eso era confianza o soberbia?

La pregunta importa porque solemos confundirlas. La confianza consiste en reconocer las propias condiciones y trabajar para desarrollarlas. El carácter permite sostener esa convicción cuando aparecen las dificultades. La soberbia comienza cuando uno supone que sus cualidades lo colocan por encima de los demás, incluso más allá de aquello que sabe hacer.

En Hugo convivieron la ambición, el trabajo y una personalidad que nunca pasó inadvertida. Para entender esa mezcla hay que regresar a Pumas, el club que le dio su primera oportunidad y que se convirtió en una plataforma fundamental de su carrera.

Su primera etapa universitaria no fue la historia de un muchacho que llegó, se puso la camiseta y se adueñó inmediatamente del equipo. Tuvo que trabajar para ganarse la titularidad, compartir vestidor con futbolistas de enorme jerarquía y encontrar su lugar en un conjunto que tenía en Cabinho a uno de los grandes goleadores del futbol mexicano.

En la temporada 1978-79, Hugo compartió el título de goleo con el brasileño: ambos marcaron 26 tantos. El dato habla de una competencia que exigía mucho de un delantero joven. No bastaba con tener condiciones; había que producir, sostener el ritmo y demostrar que podía competir con quienes ya eran figuras.

Pumas fue también el lugar donde Hugo comenzó a forjar una disciplina que después lo acompañaría en Europa. Mientras entrenaba por las mañanas, por las tardes cruzaba Insurgentes para asistir a la Facultad de Odontología de la UNAM. No era un detalle menor: mientras perseguía el sueño de convertirse en futbolista profesional, también estudiaba una carrera universitaria.

Al recordar aquella etapa en una entrevista con Mediotiempo, Hugo habló del esfuerzo que implicaba combinar ambas actividades y del valor de la preparación y la educación. Su ambición futbolística no lo había llevado a abandonar todo lo demás. Durante años tuvo que administrar el tiempo y sostener dos proyectos simultáneos.

Ese detalle dice más sobre su carácter que muchas de las declaraciones que después lo hicieron polémico.

El carácter no consiste en hablar fuerte, presumir una victoria o sostener una discusión. Se revela en la capacidad de mantener una rutina cuando nadie está mirando, en la disposición para repetir un ejercicio y en la disciplina necesaria para continuar cuando el talento ya no basta.

Hugo tenía condiciones extraordinarias. Su coordinación, su lectura del área y su capacidad para rematar de primera intención lo distinguieron como delantero. Pero esas condiciones necesitaban trabajo. La chilena, que después se convirtió en una de sus imágenes más reconocibles, no explica por sí sola su carrera. Detrás del gesto espectacular había un futbolista que entendía el movimiento, calculaba los tiempos y sabía dónde colocarse para hacer daño.

El público terminó recordando la voltereta después del gol. Antes estaba el oficio.

Con Hugo, sin embargo, siempre ha existido una discusión que va más allá de sus condiciones: la manera en que habla de sí mismo.

Su seguridad puede resultar incómoda. Su insistencia en reivindicar sus logros puede dar la impresión de que necesita recordarle al mundo quién es. Pero sería injusto considerar soberbia cualquier expresión de orgullo. Hugo tiene razones objetivas para sentirse satisfecho con su trayectoria. Lo que hizo en España no depende de que su personalidad agrade o desagrade.

La pregunta no es si tiene derecho a reconocer sus méritos. Lo tiene. La pregunta es qué ocurre cuando esa reivindicación ocupa el centro de la conversación y desplaza otros aspectos de su historia.

Hay una diferencia entre saber que eres bueno y necesitar que todos estén de acuerdo contigo.

Hugo se marchó a España en 1981, después de conquistar dos títulos de Liga con Pumas. Su salida fue la continuación de un proyecto que había imaginado desde joven: medirse con los mejores y comprobar hasta dónde podían llevarlo sus condiciones. En el Atlético de Madrid comenzó a consolidarse; en el Real Madrid alcanzó una dimensión internacional que ningún juicio sobre su carácter puede borrar.

Pero Europa no explica por completo a Hugo Sánchez. Para entenderlo hay que recordar que el hombre que conquistó el futbol español se formó en un club universitario, en un vestidor con jerarquías propias y en un equipo donde tuvo que ganarse un lugar. Años después regresaría a ese mismo club con una responsabilidad distinta.

Cuando volvió como entrenador, en 2004, encontró otra manera de poner a prueba lo que había aprendido. Pumas llevaba trece años sin conquistar un campeonato de Liga. Hugo no se limitó a hablar de su experiencia como jugador: buscó transmitir una mentalidad ganadora y convencer a sus futbolistas de que podían trascender.

Israel Castro recordó años después que el técnico hablaba constantemente de hacer historia y de creer en las propias posibilidades. También destacó que trataba a sus jugadores como estrellas, con un cuidado que generaba compromiso. Bruno Marioni y otros integrantes de aquel equipo han contado que Hugo procuraba que se sintieran valorados y que el grupo desarrolló una convivencia especialmente sólida.

Esos testimonios obligan a matizar al personaje que conocemos desde fuera. La imagen pública de Hugo no necesariamente coincide con la experiencia de quienes trabajaron con él. Un hombre puede ser vehemente ante los medios y, al mismo tiempo, saber reconocer y cuidar a sus futbolistas. La personalidad también se revela en la manera de relacionarse con quienes comparten un objetivo.

El bicampeonato de 2004 no fue solamente una reivindicación de su pasado. Fue una demostración de que podía construir desde otro lugar. Cuando Pumas venció al Real Madrid en el Santiago Bernabéu, con gol de Israel Castro, el entrenador volvió a encontrarse simbólicamente con el escenario que había marcado su carrera, esta vez para derrotarlo al frente de un equipo mexicano.

Hay una historia completa en ese recorrido: el muchacho que soñaba con llegar a Europa, el delantero que lo consiguió, el hombre que volvió a Pumas y el entrenador que ayudó a sus jugadores a creer que también podían alcanzar una meta que parecía lejana.

Por eso no me interesa reducir a Hugo Sánchez a la palabra soberbia. Sería demasiado fácil y, sobre todo, insuficiente.

Su confianza tuvo sustento en sus condiciones y sus resultados. Su carácter se manifestó en la disciplina, la ambición y la perseverancia necesarias para competir al máximo nivel. La soberbia, cuando aparece, debe examinarse en actos concretos: en la manera de escuchar, en el trato con los demás, en la capacidad de aceptar una crítica o reconocer que alguien más puede tener razón.

No son lo mismo, aunque desde fuera a veces se parezcan.

A cincuenta años de su debut con Pumas, el homenaje merece algo más que una colección de goles y trofeos. Merece recordar al joven que estudiaba Odontología después de entrenar, al delantero que tuvo que ganarse la titularidad y al futbolista que salió de México convencido de que podía competir con los mejores.

También merece mirar al hombre que sigue defendiendo su lugar en la historia, a veces con una vehemencia que provoca resistencia. No hay que pedirle que renuncie al orgullo por lo que consiguió. Tampoco hay que confundir el reconocimiento de sus méritos con la obligación de aprobar cada una de sus posturas.

Hugo Sánchez tuvo la confianza para imaginar una carrera extraordinaria y el carácter para trabajar por ella. Su legado personal, con sus luces y sus aristas, merece examinarse con la misma seriedad que su trayectoria deportiva.

Porque la verdadera grandeza no necesita que todos te quieran. Pero sí debe soportar que no todos te den la razón.

Quizá ese sea el mejor modo de recordar a Hugo en el lugar donde todo comenzó: no como un hombre perfecto ni como un personaje condenado a su propia soberbia, sino como un futbolista que se atrevió a pensar en grande, trabajó para conseguirlo y dejó una huella que, cincuenta años después, sigue provocando admiración y preguntas.


  • Olga Hirata
  • Olga Hirata no cubre historias: las desnuda. Periodista deportiva incisiva, ve más allá del marcador y escribe desde la grieta humana. No busca agradar, busca verdad—y la dice sin anestesia.
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