Hay listas que parecen documentos administrativos y claro hay listas que son novelas. La que Javier Aguirre entregó a la FIFA pertenece a ambos.
Antes de hablar de las ausencias, vale la pena decir algo que también es importante: por supuesto que se le desea lo mejor a la Selección Mexicana. Los 26 futbolistas convocados han trabajado para estar ahí. Han soportado la presión, las lesiones, las críticas, las dudas y las expectativas que acompañan a una camiseta que rara vez concede tregua. Si Javier Aguirre los eligió, es porque considera que son los hombres indicados para representar al país en casa. Y seguramente estarán a la altura del desafío.
Pero una convocatoria mundialista nunca habla únicamente de quienes aparecen en ella. También habla de quienes desaparecen. Porque una lista final no es un simple registro de nombres. Es una obra literaria escrita con tinta indeleble. Una de esas donde algunos personajes ocupan la portada, aparecen en las fotografías oficiales y terminan convertidos en protagonistas de la historia. Pero también una de esas donde otros son borrados del relato apenas unas páginas antes del desenlace.
Por eso, al mirar esta convocatoria, resulta imposible no pensar en Los Miserables. No por la tragedia. No por la pobreza. No por las barricadas.
Sino porque Victor Hugo comprendió algo profundamente humano: que la historia oficial suele enamorarse de quienes llegan al final del camino, mientras olvida con demasiada facilidad a quienes ayudaron a construirlo.
Toda gran novela tiene héroes, pero también tiene ausentes. Tiene personajes que hicieron el viaje completo y aun así, no alcanzaron el capítulo final. Tiene hombres que estuvieron tan cerca de la gloria que todavía pueden escuchar el eco de la puerta cerrándose detrás de ellos.
Toda gran novela tiene un cementerio invisible.
Y las convocatorias mundialistas también. Ahí están los nombres que esta vez no estarán.
Marcel Ruiz, Germán Berterame, Charly Rodríguez, Diego Lainez, Erick Sánchez, Kevin Castañeda, Alejandro Gómez, Richard Ledezma. Cada uno con circunstancias distintas cada uno con historias diversas. Cada uno con razones incomparables. Pero unidos por una misma realidad.
La ausencia.
Y conviene decirlo con claridad porque el futbol suele ser injustamente simplista. Quedar fuera de un Mundial no convierte a nadie en un fracasado.
Y que quede muy claro, QUEDAR FUERA DEL MUNDIAL, no significa que faltara calidad, no significa que faltara compromiso, no significa que faltara talento. Y tampoco significa que faltaran méritos.
Marcel Ruiz no deja de ser un extraordinario futbolista por culpa de una lesión inoportuna.
Charly Rodríguez no deja de ser campeón. Diego Lainez no perdió de repente su capacidad para desequilibrar partidos. Berterame no olvidó cómo marcar goles.
Ninguno de ellos despertó siendo peor jugador que el día anterior. Simplemente ocurrió lo que ocurre en todas las grandes decisiones de la vida.
Alguien tuvo que elegir y cuando alguien elige, inevitablemente alguien queda fuera, esa es quizá la parte más incómoda del futbol de alto rendimiento.
Por qué en una utopía es fácil pensar que el mérito siempre encuentra recompensa. Que el esfuerzo siempre recibe su premio. Que quien hace todo correctamente termina llegando. Pero la realidad suele ser bastante más compleja.
A veces dos personas merecen estar y sólo existe lugar para una, a veces el talento sobra y los espacios faltan, a veces la diferencia entre cumplir el sueño de una vida o verlo escapar cabe en una conversación de diez minutos, en una decisión técnica o en una llamada telefónica que dura menos de lo que tardó una carrera entera en construirse.
Eso no convierte a Javier Aguirre en un villano. Elegir es parte de su trabajo. Probablemente la parte más cruel. (Pero el tiempo es el el mejor juez). Porque las listas verdaderamente dolorosas no son aquellas donde se excluye a los peores.
Las listas verdaderamente dolorosas son aquellas donde se excluye a quienes también tenían argumentos legítimos para estar.
Por eso las ausencias generan algo más profundo que una discusión futbolística. Generan duelo, detrás de cada nombre borrado hay años de sacrificios silenciosos.
Hay entrenamientos cuando nadie miraba, lesiones superadas, hay concentraciones interminables, hay cumpleaños perdidos, hay familias enteras sosteniendo un sueño, hay niños que alguna vez imaginaron escuchar el himno nacional en una Copa del Mundo y que hoy descubren que los sueños también tienen fecha de corte.
Mientras México se prepara para inaugurar el torneo más importante de su historia reciente, el país celebrará a sus elegidos y está bien que así sea.
Se lo han ganado.
Pero quizá también valga la pena detenerse unos segundos en quienes no aparecerán cuando las cámaras recorran la alineación. Porque ellos también forman parte de esta historia. Ellos también ayudaron a empujar el proceso, también cargaron derrotas, también sostuvieron partidos, también contribuyeron a que otros llegaran hasta aquí.
Victor Hugo escribió alguna vez que incluso la noche más oscura termina con la llegada del amanecer. Quizá para algunos de ellos la revancha todavía esté esperando más adelante.
O quizá no.
Pero eso no cambia una verdad esencial. El Mundial pertenece a quienes estarán en la cancha. Sin embargo, la parte más humana de esta historia quizá permanezca fuera de ella. En esos nombres que no escucharemos durante el protocolo. En esos futbolistas que hicieron todo cuanto estaba en sus manos. En esos personajes que ayudaron a escribir el libro, pero que fueron borrados de la portada justo antes de que entrara a imprenta.
Porque las grandes historias no sólo se construyen con quienes aparecen en la fotografía. También con aquellos cuya ausencia termina explicando mejor que cualquier otra cosa el precio de perseguir un sueño.