Censura igual a autoritarismo

  • Luces y sombras
  • Olga Wornat

Ciudad de México /
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El motivo de esta columna merece una explicación, de lo contrario, lo que sigue no se entiende.

UNO. No conozco personalmente a Ariana Harwicz, la premiada escritora argentina que se encuentra en el ojo del huracán al ser excluida —es decir, censurada— del Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades de Granada, España, por ser judía. Se le atribuyen declaraciones “a favor del genocidio de Palestina”, que ella niega haber dicho y otras frases similares.

Leí sus libros —uno llevado al cine por Scorsese—, que mi hija me recomendó. Ariana es una irreverente escritora con los temas que aborda y tiene una pluma atrapante y descarnada.

No sé qué piensa de Netanyahu o del genocidio en Gaza. Nunca le pregunté y con este aberrante episodio, muchos se quedaron sin saber qué piensa ella. Obviaré detalles bizarros de la situación. Recibió el apoyo de 350 escritores del mundo y el embajador palestino en España dijo: “Defendemos siempre la libertad de expresión”.  

DOS. Conozco Medio Oriente y sus guerras. No tengo dudas que en Gaza existe un genocidio, un crimen de lesa humanidad, provocado por Benjamín Netanyahu y su socio Donald Trump y estoy en contra del terrorismo de Hamás. 

TRES. Aborrezco la censura y defiendo el derecho del otro, con una opinión distinta a expresarla sin temor. El debate de ideas enriquece. La estigmatización y los señalamientos inquisitorios provocan odios y violencia.

Fui censurada y perdí trabajos por decir lo que pensaba; en el sexenio de Fox y luego en el de Calderon, cancelaron mi libro y sus policías federales casi me matan. Sé qué se siente frente a la censura y estoy en contra de la exclusión de la escritora Ariana Harwicz.  

Desde que tengo memoria, las dictaduras fascistas se sucedían una y otra vez en mi país. De niña, para mí era incomprensible los continuos golpes militares que prohibían libros, películas, perseguían artistas y activistas sociales, cerraban periódicos y revistas. Una rara sensación de pavor me inundaba. En casa reinaba el silencio, mis padres casi no hablaban y frente al miedo que flotaba en el aire, corría a esconderme bajo un árbol del jardín, con mis libros, mi refugio contra el mal. En ese tiempo lejano, no imaginaba la catástrofe que se avecinaba. Un monstruo agazapado en la oscuridad aguardaba paciente el momento de dar el zarpazo. Era una jovencita con ideales, una activista social, cuando

un tsunami de sangre y fuego cubrió Argentina.

Miles de muertos y desaparecidos en centros de exterminio o lanzados al mar en los vuelos de la muerte. Cierre de periódicos, persecución de artistas, escritores, cantantes y militantes políticos y miles de exiliados en países latinoamericanos. 

Silencio de muerte.

Las brutalidades de la dictadura cívico militar argentina dejaron un tajo en la sociedad. Hoy, los genocidas están condenados por crímenes de lesa humanidad. Como debería estar Netanyahu algún día.

Soy una sobreviviente de censuras, guerras y dictaduras. Y por esto nunca aceptaré la cancelación de nadie por sus ideas.

“No estaré de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo”, escribió en 1906, la autora británica Evelyn Hall. 



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