Las vueltas de la vida son extrañas. Se empeñan en arrastrarte al pasado reciente, a ese filo del abismo que caminaste una y otra vez. Aunque lo único que deseas ahora es limpiar tu vida de la sombra del mal, que se metió en tu cama y vigiló tus días y noches, mientras investigabas y escribías, atrapada en una telaraña de sentimientos incongruentes y absurdos.
Imposible.
Cuando crees que la sombra negra del protagonista de tu historia quedó atrás, de golpe todo vuelve al inicio. Por pura casualidad o no. Por ejemplo, cuando en mis entrevistas con Daniel Arizmendi aparecieron frente a mí los nombres de Genaro García Luna y Luis Cárdenas Palomino, los súper policías federales, narcotraficantes, torturadores y socios de Felipe Calderón, hoy presos; uno en Estados Unidos y el segundo en Almoloya de Juárez, México. Los mismos que amenazaron a mi familia, amigos y asistentes, y me obligaron a salir de México bajo feroces amenazas de muerte. Y yo, de nuevo tropezándome con ellos, como si los buscara. No y sin embargo ahí estaban. Como ratas de tuberías.
El 17 de octubre, luego de que presenté mi libro El Mochaorejas. Conversaciones desde el infierno, me senté frente a una larguísima hilera de personas, que aguardaban que les dedicara el libro. Era el ocaso de un día increíble en la FIL del Zócalo. El cielo gris plomo presagiaba frío y un viento helado comenzó a circular. Sin embargo, la gente con sus libros en la mano, aguardaba pacientemente.
Un hombre alto y robusto se acercó a la mesa. Llevaba una bolsa con aproximadamente 15 libros que había comprado para sus amigos. Quería una dedicatoria para cada uno. Se acercó y dijo en voz baja que era una lástima que no nos conociéramos antes, que había trabajado en el penal de Puente Grande, en Jalisco, y que conoció “muy bien” a Arizmendi, a El Chapo Guzmán y a Osiel Cárdenas Guillén, entonces capo del Cártel del Golfo. Lo miré y le respondí: “¡Ay, sí, qué lástima!”
Mientras escribía comenzó su relato. Dijo que a principios de octubre de 2004, Osiel Cárdenas, el más temido de los capos por su sadismo y perversión, tanto, que tenía en un puño al penal de alta seguridad y los más altos funcionarios foxistas le temían. Como es lógico, su vida en el penal era puro lujo: celulares, prostitutas, cocaína, armas, licor caro y buena comida. Las autoridades en el reclusorio estaban corrompidas a puro billetazo y el gobierno foxista lo sabía pero miraba a otro lado.
El hombre seguía con su historia y yo firmando libros lo escuchaba. Le pregunté si Arizmendi operaba con Osiel: “El día del crimen, yo estaba en el penal y fui testigo. Osiel quería asesinar ‘por traición’ a Miguel Beltrán Lugo, alias El Ceja Güera, pariente de El Chapo. Llamó al Mochaorejas y le dio dos millones de pesos y una pistola para que lo matara. Arizmendi estaba exultante: El Ceja Güera era el líder de la banda de secuestradores Los Mochadedos. Le dio parte de la plata a Juan Govea, un pobre infeliz, para que cumpliera y éste le metió varios balazos en el comedor, delante de malandros, empleados y autoridades…”.
La negritud del mal siempre acecha.