Cada inicio de año se repite el mismo ritual: hacemos una larga lista de propósitos que, en el fondo, sabemos que difícilmente se cumplirán. Y no es casualidad.
La palabra propósito viene de proponer, es decir, de plantear algo como una intención, como una posibilidad. Una propuesta no obliga, no compromete, no exige seguimiento. Por eso, en pocas semanas, esos buenos deseos terminan archivados en el cajón del olvido.
Lo que realmente transforma la vida no son los propósitos, sino los compromisos. Por eso, más que una lista interminable de buenas intenciones vale la pena construir una lista clara de compromisos o metas. Doce es un número razonable: uno por cada mes del año. Metas realistas, alcanzables y, sobre todo, medibles.
El primer paso es definir con absoluta claridad cuál es el compromiso y cómo se va a medir. No basta con decir “quiero estar mejor” o “quiero cambiar”. Hay que aterrizarlo: ¿mejor en qué?, ¿cómo sabré que avancé?, ¿qué indicador me dirá que voy por buen camino? Lo que no se mide, simplemente no se puede mejorar.
El segundo paso es tener un plan de acción concreto para cada meta. Un plan no rígido, sino flexible, que pueda ajustarse conforme se vayan monitoreando los resultados. La disciplina no está peleada con la adaptación. Al contrario, quien avanza es quien evalúa, corrige y vuelve a intentar sin abandonar el rumbo.
El tercer paso consiste en modelar a quienes ya lograron lo que tú quieres lograr. No se trata de copiar vidas ajenas, sino de aprender de experiencias reales. Observar hábitos, decisiones y procesos de personas que ya recorrieron ese camino ahorra tiempo, errores y frustraciones.
Finalmente, es indispensable contar con una persona objetiva que te retroalimente periódicamente. Alguien que no te consienta, que no justifique tus excusas y que te confronte con respeto. El crecimiento personal rara vez ocurre en soledad; casi siempre necesita un espejo honesto.
Mañana el maratón Guadalupe-Reyes estará llegando a su fin. Se acaban las fiestas, los excesos y las pausas prolongadas. Es momento de regresar a la realidad, retomar el orden y pasar de la reflexión a la acción. El verdadero cambio no empieza con un brindis, sino con decisiones firmes sostenidas en el tiempo.
A todos los lectores de La Alegría de Vivir, les deseo un Feliz Año 2026. Que este nuevo año no esté marcado por propósitos que se diluyen, sino por compromisos que construyan, día a día, la mejor versión de ese nuevo yo que hoy decides comenzar.