Las tradiciones no se sostienen solo por costumbre; perduran porque, de alguna manera, siguen diciendo algo sobre nosotros. El 2 de febrero es una de esas fechas que, sin estridencias, continúa convocando a familias, mesas compartidas y símbolos que se repiten año con año: candelas, la rosca pendiente y los tamales. Pero vale la pena preguntarnos qué estamos celebrando realmente.
El origen de esta fecha está en un episodio narrado en el Evangelio de Lucas: la presentación del niño Jesús en el templo, realizada 40 días después de su nacimiento, conforme a la ley judía de la época. El texto bíblico no menciona una fecha concreta; solo establece el plazo. Fue la Iglesia católica la que, siglos después, fijó el 25 de diciembre como fecha litúrgica del nacimiento de Jesús. Al sumar esos 40 días, el calendario conduce al 2 de febrero, conocido como el Día de las Candelas o de la Candelaria.
Más allá del debate histórico —sabemos que Jesús no nació el 25 de diciembre del calendario greco-romano—, la liturgia construyó un símbolo poderoso: la luz. Las candelas representan protección, esperanza y guía. En muchos hogares mexicanos, la vela bendecida no es un objeto decorativo, sino un recordatorio silencioso de gratitud y de unidad familiar.
La tradición mexicana añadió otros elementos que hoy resultan inseparables de esta fecha. Está la conexión con la rosca de Reyes: quien encuentra al Niño Dios el 6 de enero asume el compromiso de compartir el alimento el 2 de febrero. No es una broma ni una carga; es una forma sencilla de recordar que la vida en comunidad implica corresponsabilidad.
Y están los tamales. Comer tamales este día no es solo una costumbre gastronómica. El maíz, base de nuestra cultura, simboliza vida y abundancia. Prepararlos exige tiempo, manos y encuentro. Compartirlos refuerza valores esenciales: gratitud, convivencia, comunidad y continuidad cultural. Nadie hace tamales solo; se hacen en grupo, se comen en grupo y se recuerdan en grupo.
Quizá por eso el Día de las Candelas sigue vigente. Porque, independientemente de creencias religiosas, coloca sobre la mesa preguntas más profundas: ¿seguimos siendo familias que se reúnen?, ¿entendemos la luz como esperanza y no como imposición?, ¿concebimos la abundancia como algo que se comparte y no como algo que se acumula?
Tal vez valga la pena preguntarnos si una candela y un tamal nos representan hoy como personas y como base de la sociedad, o si hemos ido vaciando de contenido símbolos que antes nos ayudaban a encontrarnos.
Con esta fecha se cierran las celebraciones en torno al nacimiento de Jesús. Más allá de credos o denominaciones, queda una invitación universal: encender la luz, compartir el alimento y revisar, con honestidad, cómo estamos viviendo en comunidad.