El frío no solo baja la temperatura: modifica la vida. Cambia los horarios, el ánimo, la forma de movernos y hasta la manera en que pensamos. Este invierno, inusualmente crudo en amplias regiones de Estados Unidos y perceptible también en México, ha obligado a hacer ajustes físicos evidentes: más ropa, calefacciones encendidas, menos tiempo al aire libre, ritmos más lentos. El cuerpo busca protegerse. Es natural.
Lo que no siempre advertimos es que el frío también impacta la mente. Los días más cortos, la menor exposición al sol y la tendencia al encierro generan cansancio emocional, desmotivación y, en muchos casos, una sensación difusa de apatía. No es debilidad: es fisiología y contexto. El problema aparece cuando ese estado se prolonga y empieza a condicionar decisiones.
Este escenario coincide con el tramo final de la cuesta de enero. No solo la económica, sino la cuesta de enero mental, esa que se arrastra más tiempo y que suele pasar desapercibida. Después del desgaste de diciembre, del cierre de ciclos y del inicio del año con metas ambiciosas, enero se convierte en un mes de ajuste interno. Y cuando a ese proceso se suma el frío, la tentación de abandonar hábitos, rutinas y propósitos se vuelve más fuerte.
En medio de este contexto, cobra relevancia el debate reciente en Estados Unidos sobre el modelo de la pirámide nutricional, que ha dejado de estigmatizar automáticamente a las grasas y ha puesto el acento en los riesgos del exceso de alimentos ultraprocesados, azúcares refinados y carbohidratos simples. Más allá de coincidencias o desacuerdos —y sin caer en modas ni discursos de culpa— hay una realidad innegable para México: los índices de obesidad y diabetes, especialmente en niños, son una alerta que no admite evasivas.
No importa qué pirámide se siga; lo que sí importa es la cultura de la alimentación consciente, entendida como parte de un estilo de vida y no como una imposición temporal. Lo mismo ocurre con la activación física. El ejercicio —en especial el de resistencia y fuerza— no es solo una herramienta estética: es una forma de proteger la salud física, regular las emociones y sostener la mente cuando el entorno invita al repliegue.
Por eso resulta tan significativo observar a quienes, aun con frío y cansancio, no se detienen. No porque no sientan desgaste, sino porque han entendido que la disciplina no depende del clima ni del ánimo. Han aprendido que cuidarse no es un acto de entusiasmo, sino de responsabilidad.
Tal vez esa sea una clave esencial de la alegría de vivir: seguir avanzando, incluso cuando el invierno —externo o interno— parece pedir lo contrario.