Cada enero, cuando termina el llamado maratón Guadalupe Reyes, o mejor dicho, el Lupe Reyes, muchos despertamos con la misma sensación, cansancio físico, desgaste mental, carga emocional y una larga lista de propósitos que parecen urgentes. Dietas exprés, promesas de abstinencia, listas de cambios y planes que buscan “compensar” los excesos. Pero vale la pena detenernos y preguntarnos con honestidad, ¿qué sigue realmente después del Lupe Reyes?
Lo primero es entender que el cuidado de la salud física, mental, emocional y espiritual no es un asunto de temporadas. No se trata de apretar el cuerpo en enero para volver a soltarlo en diciembre. Cuidarse de manera integral es una tarea de todo el año, no una reacción tardía a semanas de desvelo, consumo excesivo de alcohol, comida en exceso y emociones desbordadas. El cuerpo habla, la mente avisa, las emociones se manifiestan y el espíritu también resiente cuando no hay equilibrio.
El Lupe Reyes, para muchas personas, se convierte en un periodo de alto riesgo. Las recaídas, los excesos y la normalización del “aguanta, es fiesta” cobran factura en la salud física, mental y emocional. Por eso, si existe la mínima sospecha de una adicción, ya sea al alcohol, a una sustancia o incluso a ciertas conductas, pedir orientación y ayuda no es debilidad, es responsabilidad. Callarlo, minimizarlo o postergarlo suele profundizar el problema y afecta también la dimensión espiritual de la persona.
Paradójicamente, vivimos más atentos al Lupe Reyes que al Reyes Lupe. Celebramos sin freno, pero olvidamos honrar la vida que continúa después de la fiesta. Nos enfocamos más en resistir el maratón que en construir un estilo de vida que fortalezca la salud física, mental, emocional y espiritual, sin depender de ciclos de culpa y castigo.
Los mexicanos somos festivos por naturaleza. Siempre habrá un cumpleaños, una boda, una comida familiar o un brindis inesperado. Y eso no es malo. Lo peligroso es creer que celebrar implica necesariamente excederse. Disfrutar no debería significar perder el control ni poner en riesgo el bienestar integral.
Al final, de eso se trata, de buscar calidad de vida. De entender que cuerpo, mente, emociones y espíritu están profundamente conectados. Que no se puede exigirle al cuerpo lo que la mente no sostiene, ni pretender estabilidad emocional cuando el desorden gobierna afuera, ni paz espiritual cuando se vive en exceso constante.
Porque al final, la verdadera celebración no está en cuánto resistimos la fiesta, sino en cómo cuidamos la vida que Dios nos confía. Honrar el cuerpo como templo, la mente como espacio de pensamiento sano, las emociones como reflejo de lo que vivimos y el espíritu como la brújula que da sentido a todo, es la forma más profunda de agradecer. Vivir en equilibrio no es renunciar a la alegría, es aprender a disfrutarla con conciencia, con responsabilidad y con fe, sabiendo que cada día es una oportunidad para elegir vida, plenitud y propósito.