M+ Todo comenzó con el enojo de los estudiantes. En septiembre, jóvenes franceses empezaron a protestar por la falta de profesores, el deterioro de las escuelas y la insuficiencia de recursos educativos. Primero fueron algunos planteles de París; después, las movilizaciones se extendieron a otras ciudades. Para finales de ese mes, alrededor de 180 escuelas registraban bloqueos y protestas. Nadie imaginaba entonces la magnitud que alcanzaría el movimiento.
Pero mientras los estudiantes salían a las calles, otra protesta comenzaba a organizarse en las pantallas de los teléfonos celulares. En TikTok, un joven identificado como v2.95 (V2) publicó un video para expresar su indignación por el precio de los combustibles y propuso manifestarse el 17 de octubre. La grabación superó el millón y medio de reproducciones.
La convocatoria se volvió viral y de inmediato se sumaron más voces en las redes. Aparecieron carteles elaborados con inteligencia artificial, cuentas que llamaban a movilizarse y miles de publicaciones que compartían lugares de reunión. Lo extraordinario es que una fecha difundida en redes sociales terminó convertida en una convocatoria nacional.
A mediados de octubre, el movimiento ya había rebasado a los estudiantes. Se incorporaron sindicatos, agricultores, transportistas y empleados públicos. También reaparecieron los chalecos amarillos, protagonistas de las protestas de 2018 contra el encarecimiento de los combustibles y la desigualdad.
Las demandas son concretas: mayor inversión en educación para contratar profesores y mejorar las escuelas; medidas frente al encarecimiento de alimentos, energía, combustibles y vivienda, y rechazo a los recortes salariales, la pérdida de poder adquisitivo y los ajustes al gasto público. En el fondo, los manifestantes exigen mejores salarios, oportunidades para los jóvenes y servicios públicos que funcionen.
TikTok fue mucho más que un escaparate. Permitió conectar inconformidades dispersas, difundir convocatorias sin una dirigencia tradicional y transformar videos de unos cuantos segundos en instrumentos de movilización política. Las redes contribuyeron a unir a estudiantes, trabajadores y veteranos de los chalecos amarillos.
El sábado 17 de octubre llegó la explosión. Entre 550 mil y 800 mil personas salieron a las calles en distintas ciudades de Francia. Buena parte de las marchas transcurrió pacíficamente, pero grupos violentos protagonizaron saqueos, incendios y enfrentamientos con la policía. En Limoges ardió el histórico ayuntamiento; en París hubo barricadas y ataques a comercios. El balance posterior superó las 2 mil 400 detenciones.
El presidente Emmanuel Macron condenó la violencia y prometió castigar a los responsables. Su primer ministro, Sébastien Lecornu, enfrenta ahora el desafío de contener los disturbios y responder a las demandas sociales, mientras el gobierno intenta reducir un elevado déficit público.
La crisis tiene raíces profundas. Francia arrastra años de tensiones por el poder adquisitivo, las pensiones y la desigualdad. Macron llegó al poder en 2017 prometiendo renovar la política francesa, pero hoy enfrenta una sociedad dividida y un parlamento fragmentado.
Y todo ocurre a unos meses de las elecciones presidenciales de 2027, en las que Macron no podrá buscar un tercer mandato consecutivo. La izquierda, principalmente con Jean-Luc Mélenchon, intenta representar el descontento social, mientras la derecha nacionalista, con Marine Le Pen, coloca la seguridad y el orden público en el centro del debate.
Todavía es imposible saber cómo se traducirá esta crisis en las urnas. Pero las protestas pueden convertir el costo de la vida, el futuro de los jóvenes y la autoridad del Estado en asuntos centrales de la campaña. Francia acaba de demostrar que una movilización puede comenzar con un video de TikTok y terminar sacudiendo los cimientos de su política.