Pene y racismo

  • Vademecum
  • Óscar Hernández G.

Laguna /

En 1620, un caballero, Richard Jobson, decidió buscar oro en África. Para su asombro, lo que encontró fue nativos macrofálicos, de 30 cm de longitud y 5 cm de diámetro, en estado flácido. 

A partir de ese momento, se inició la distinción entre negros y blancos; más allá del color de la piel, lo que marcaba la diferencia era el tamaño del pene.

Desafortunadamente el pene fue sometido a discriminación racial. Se creía que entre más grande el pene, era menor la inteligencia del hombre; una forma muy extraña de medir la inteligencia.

Ya antes Galeno, médico de gladiadores, describió a los etíopes de piel negra, pelo ensortijado, olor ofensivo, inteligencia inferior y pene exagerado.

Peor aun, el pene extendió su influencia en el ámbito religioso; ahí el cristianismo catalogaba a los negros como salvajes, ajenos a la fe, que propagaban el pecado con ese tremendo órgano del pecado, oscuro y diabólico.

Mitos de brujas incineradas, narran que en la hoguera gritaban que el pene del diablo era negro. Todo esto abonó a justificar la esclavitud de la raza negra. El negro, visto como una bestia, como un burro o simio prehumano.

En el siglo pasado, los médicos creían que el tamaño del pene exagerado fomentaba la lujuria y perversidad sexual; no tardaron mucho en asociar las violaciones de mujeres blancas con los negros; los linchamientos brotaron; los acusados eran ahorcados y castrados públicamente en los Estados Unidos. 

Sectas como el Ku Klux Klan se encargaron de estos “violadores”, que eran definidos como incivilizados, no solo por el color de piel, sino por el tamaño del pene.

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