El eterno retorno

Monterrey /
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Al menos son tres los textos donde de manera explícita Nietzsche habló de la idea del eterno retorno: La Gaya Ciencia, Así habló Zaratustra y Ecce Homo. Palabras más, palabras menos, el planteamiento consiste en lo siguiente: imagina que un demonio se acerca a ti para avisarte que todo lo que has vivido se repetirá infinitamente.

Como muchas otras, esta famosa provocación nietzscheana tiene un trasfondo ético. Si el balance de la vida es positivo, es decir, si son más los momentos buenos sería razonable querer revivirlos incontables veces. El problema surge cuando la vida, más que generosa, se muestra estrecha, tacaña, sea por la mala suerte, la mala leche de la gente con la que nos cruzamos, nuestra poca fortuna de cuna o cualquier otra cosa que nos impide vivir con plenitud. La puya lanzada por Nietzsche busca hacernos pensar en todo aquello que debemos hacer o dejar de hacer para que el final de la existencia no cierre con un epitafio similar: “Aquí yace quien tuvo una vida de mierda”.

Escapan a tan infame destino quienes renuncian a la mediocridad de la “moral de rebaño”, que invita (¿obliga?) a aceptar con resignación y cierta alegría el desenlace de la existencia prometido por las distintas religiones.

Cabe señalar que la idea del eterno retorno no es una invención nietzscheana. Los primeros filósofos estoicos defendían la idea de que el mundo cada cierto tiempo se extinguía bajo las llamas para luego reaparecer. Algunos filósofos orientales también hablaron de la existencia como un hecho cíclico dirigido hacia la perfección de la persona y el universo mismo. En los sesenta del siglo pasado, Albert Camus retomó la idea en El mito de Sísifo para ilustrar la manera en que muchas de las obligaciones impuestas por la vida moderna resultaban completamente estériles al ser imposible colocar la roca en la cima de la montaña. Cualquier esfuerzo es y será inútil.

Traigo a cuento este asunto, porque en el trajín de la vida actual, vale la pena detenernos un momento para preguntarnos si lo que hemos vivido hasta el momento quisiéramos que se repitiera eternamente.

La moral de rebaño propondría aceptar, conformarnos y abrazar tal destino. La del Superhombre nos invitaría a darle un vuelco al presente, sacudiéndonos de encima el fardo de deberes que cargamos en la espalda y nos impide comenzar a vivir de manera libre y plena.

De la moral del Superhombre hablaré con detalle en la próxima entrega de este espacio.


  • Pablo Ayala Enríquez
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