El tilo y el roble

Monterrey /

Las mejores historias de amor y aventura que he leído están en la mitología griega. De entre las muchas que es posible espigar retomaré la historia de Baucis y Filemón, narrada por Ovidio en el libro octavo de Metamorfosis.

Un día Júpiter (Zeus) y Mercurio (Hermes) bajaron del Olimpo a la tierra para conocer el grado de hospitalidad de la gente de Frigia. Entusiasmados con la idea, adoptaron la forma humana de mendigos y, puerta por puerta, suplicaron por agua, comida y un espacio para descansar. Claramente molestos por la mezquindad de los habitantes del pueblo, decidieron hacer una última visita. La casualidad les condujo hasta la casa más pobre donde, para su sorpresa, fueron recibidos por una pareja de ancianos con una calidez y amabilidad impensadas.

Baucis, la mujer, les aclaró: “somos gente pobre, pero la pobreza no es tan mala cuando la aceptas de buen grado; tener el espíritu satisfecho ayuda bastante”. Les extendió una manta, al tiempo que Filemón cocinó un puchero de col con cerdo, que acompañaron con huevos cocidos, aceitunas, rábanos y un vino rebajado con agua que el anciano sirvió con gran entusiasmo. Fue tanta la alegría que sintieron los ancianos con aquella visita, que tardaron mucho rato en caer en cuenta que por más copas que sirvieran el nivel de la jarra de vino no bajaba. El prodigio les reveló un hecho fabuloso: los andrajosos viajeros no eran mendigos, sino dioses.

En ese momento, Júpiter les reveló algo terrible: por su desprecio hacia los dos pobres extranjeros, el pueblo sería castigado y los ancianos recompensados. Los dioses llevaron a la pareja al frente de la casa desde donde vieron cómo el resto de casas se encontraba bajo el agua, mientras que la choza se había convertido en un imponente palacio de oro y mármol. “Gente buena, pidan lo que quieran y les será concedido”, dijo Júpiter. “Permítenos ser tus sacerdotes y custodiar este templo para ti; y, cuando llegue el momento, concédenos el morir a la vez”, replicó el anciano. Los dioses conversaron entre sí, asintieron y permitieron a la pareja resguardar el templo.

Pasaron años y, un día, mientras los ancianos conversaban, les brotaron hojas y se cubrieron de corteza. “Adiós, compañero querido”, alcanzaron a decirse antes de concluir la metamorfosis que les transformó en árbol. Así, el tilo y el roble continuaron juntos fundidos en un solo tronco, amándose por siempre.


  • Pablo Ayala Enríquez
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite