Ovidio cuenta que un escultor chipriota de nombre Pigmalión era famoso tanto por su talento como por el odio que sentía hacia las mujeres. La fuente de su desprecio provenía de “los muchos vicios que la naturaleza dio al alma femenina”. Vaya usted a saber si eso fue exactamente así o de otra manera, el caso es que el afamado Pigmalión,durante muchos años, permaneció soltero haciéndose acompañar solo de su arte, al que le dedicaba largas horas todos los días.
Como sucede habitualmente con los artistas, tenía varias obras en curso, pero hubo una a la que comenzó a dedicarle más tiempo y esfuerzo de lo habitual. De nuevo, vaya usted a saber si en esa obra él trataba de borrar todas las imperfecciones que encontraba en la vida real, el caso es que comenzó a esculpir a la mujer perfecta. Trabajó como nunca, pero en todo ese tiempo no logró irse a la cama tranquilo. Sabía que aún podía mejorarla. La trabajó tanto que, como dice Edith Hamilton, “consiguió el logro supremo del arte: el arte de ocultar el arte”.
Y, justo en ese momento, el sexo al que tanto despreciaba obtuvo su venganza: Pigmalión comenzó a besar unos labios que no le regresaban sus besos, acarició sin cesar un par de mejillas y manos insensibles, estrechó incontables veces un cuerpo inmutable y frío, la vestía, desvestía y metía en su cama donde la mujer permanecía impasible. La desdicha provocada por este amor apasionado y no correspondido llevó a Pigmalión hasta el altar de Venus, donde rogó con todo su corazón que pusiera en su camino a una mujer tan bella como la que había esculpido.
Conmovida y sabedora de lo que el artista verdaderamente deseaba, hizo aquel sueño realidad. Al llegar a su casa, la escultura seguía en el pedestal. Como siempre, Pigmalión acarició su mano, pero esta vez sintió un movimiento. Intrigado, besó sus labios con un beso largo y lento, y éstos se volvieron suaves y cálidos; luego le tocó los brazos, piernas y espalda, quedándose sin aliento al ver cómo la dureza del mármol cedía. Después de rodearla con los brazos y verla sonreír y ruborizarse, pensó: “Esto es obra de la Diosa”. No se equivocó.
De la boda, a la cual fue invitada la mismísima Venus, Ovidio no cuenta mucho, lo cierto es que Galatea y su hijo Pafos vivieron con Pigmalión, felices para siempre.