Vistos desde su aportación al contexto laboral, los representantes más “veteranos” de la Generación Zeta no gozan de buena fama. Sin duda son más idealistas que sus padres, lo cual está muy bien, pero ello no los pone a salvo de la crítica por su forma de ver y estar en el mundo.
Como dice Rutger Bregman, al ser idealistas, pero poco ambiciosos, la toma de conciencia la colocan muy por encima de la acción, olvidando que la conciencia, sin más, no pone comida en la mesa, paga la hipoteca, detiene el calentamiento global, evita la migración forzada o el trabajo infantil. Su forma de vivir da por sentado que la vida buena se alcanza no por lo que se hace, sino por lo que se deja de hacer.
La generación que le sucede, la Alfa, nació de las entrañas de la virtualidad digital, por eso de manera natural constantemente utiliza la tecnología para aprender, relacionarse, divertirse y trabajar. Celulares, tabletas, computadoras y audífonos se vuelven una extensión de su cuerpo, lo cual no les resulta problemático hasta que llega el momento en que necesitan relacionarse y conectar con la vida que sucede fuera de su habitación.
Decir que conectan, es mucho, ya que una persona que todo-lo-hace enlazada a la red está a merced de los apagones de luz, los ires y venires de las compañías de cable y las posibilidades de conectividad. Sin internet, la Generación Alfa se desdibuja entre las sombras de la imperceptibilidad y la nada.
Y, justamente, por eso, por su dependencia de la red, es que el farmeo del aura representa una tabla de salvación para una generación a la que la tecnología le ha inhabilitado para funcionar “con normalidad” en el mundo físico.
Que un joven (aniñado) se desprenda de las garras del sofá o la silla de gamer para tomar un espacio público, enfrentarse al escrutinio y escarnio ajeno y retar a una persona a la que nunca ha visto en su vida, no es poca cosa. Desafiar y competir contra un desconocido, más que una ridiculez, es un acto valiente con el que esos jóvenes (y no tan jóvenes) rompen el cordón umbilical que les hace ser el esperpento que son.
Por eso, mejor tomar plazas y parques por asalto para farmear el aura, que vegetar en el sillón sin tener la posibilidad de superar su más dura batalla: librar el tiempo estéril.