Sólo cabe la esperanza

Monterrey /
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El Segundo Informe de Gobierno de Claudia Sheinbaum, ¿es fuente de optimismo o esperanza?

Dado que ambos términos son de uso común, echaré mano de El espíritu de la esperanza, de Byun-Chul Han, para no desfigurar el sentido de dichas nociones.

En nuestra sociedad, dice Han, “merodea el miedo. […] Miramos un futuro tétrico. […] De tantos problemas por resolver y de tantas crisis por gestionar, la vida se ha reducido a la supervivencia. […] El miedo crea un ambiente depresivo. Los sentimientos de angustia y resentimiento atizan el odio. Acarrean la pérdida de solidaridad, de cordialidad y de empatía. El aumento del miedo y del resentimiento provoca el embrutecimiento de toda la sociedad y, en definitiva, acaba siendo una amenaza para la democracia”.

Los ojos enrojecidos, al borde de la lágrima, y la rigidez en la expresión facial de la Presidenta, evidenciaron su reticencia a defender lo indefendible. No pudo ocultar el malestar que induce la punzada de la vergüenza. Su semblante de miedo fue la de quien enfrenta un futuro tétrico que se busca atemperar con la palabrería hueca del optimista.

Aquí la mentira resulta tan peligrosa como la ilusión, porque, como dice Han, “no es lo mismo pensar con esperanza que ser optimista. A diferencia de la esperanza, el optimismo carece de toda negatividad. […] El optimista está convencido de que las cosas acabarán saliendo bien. […] No necesita razonar su actitud”.

Por ello, la Presidenta el mal lo mostró como bien, lo imposible como posible y el caos como dicha y bienestar. Penduleó entre la mentira y el optimismo ñoño que elude y da la espalda a las negatividades de la vida.

En cambio, el esperanzado, como dice Byun-Chul Han, siempre tiene presentes las negatividades del ahora, porque éstas también forman parte de lo venidero, de lo que no es. Ve el futuro sin ingenuidad, ni imposturas, con honestidad. Así, esperar “significa conceder un crédito a la realidad, tener fe en ella, dejarla que se preñe de futuro”, sin negarla, enmascararla, edulcorarla. La esperanza abre la posibilidad de “mirar a lo lejos, mirar al futuro […] avanzar en plenas tinieblas”.

Justo en esto último estriba el espíritu de la esperanza: nos “infunde ánimos en medio de la desesperación más absoluta. Gracias a ella vuelvo a levantarme. […] Quien tiene esperanza confía en lo imprevisible, cuenta con que haya posibilidades contra toda probabilidad”.

En mí no hay lugar para el optimismo; sólo cabe la esperanza.


  • Pablo Ayala Enríquez
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