Una enseñanza materna

Monterrey /

Hice todo lo que pude para romperlos. En cada trayecto a la escuela los tallé contra paredes y maceteros, jugué beis y básquet, los mojé, enlodé y trepé cuanto árbol se me atravesó. Como de medio nuevos pasaron a maltratados, era imposible que me compraran unos nuevos.

–¿Por qué?–, dije en tono melodramático.

–Porque no están rotos, porque sirven y porque ya quisieran muchos niños tener esos tenis–, contestó mi madre con tono severo. Los siguientes 15 días seguí en mi afán hasta doblegarlos.

En cuanto pude volví a la carga. –¿Sigues con lo mismo?–, dijo. –Sí, ¡míralos!”–, arqueó las cejas al ver materializada mi necedad. Su sí fue un “luego” que celebré en silencio.

Aquella mañana apuró su café y me preguntó si llevaba los tenis. La primera parada fue en el mercado número dos. Del local donde compró tortillas, fruta y verdura, nos pasamos a los tacos. Me zampé los que pude; comí como si la odiara. Subimos al coche y tomó una calle que terminaba en la orilla norte de la ciudad. –¿A dónde vamos?–, pregunté. –A buscar a una costurera–. –Y de ahí por los tenis, ¿verdad?–, insistí. –Sí, de ahí por los tenis–.

Terminó el pavimento y dos o tres kilómetros después llegamos a una invasión de unas 30 o 40 casas levantadas con lámina y cartón. En la calle principal un montón de niños jugaba con una llanta. Uno se metía en ella y dos la empujaban haciéndola rodar; los espectadores esperaban su turno. Mi madre interrumpió el juego deteniendo el coche en medio de la calle. Volteó a verme y me dijo con esa vocecita ronca que me helaba: “Bájate y dale a quien quieras los tenis, seguro le van a servir”. Me quedé atornillado en el asiento sintiéndome cucaracha. Subió el tono: “No tengo tu tiempo; traemos cosas en la cajuela y todavía nos falta la vuelta de tus tenis”. El resto de la escena se lo puede imaginar. Volví a casa con mis tenis viejos.

En buena medida soy lo que soy por mi madre. Nunca me atiborró de cosas, sino de un montón de enseñanzas. A más de 30 años de su partida no hay un solo día del año que no la recuerde como si fuera 10 de mayo.


  • Pablo Ayala Enríquez
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