“Hay tres clases de personas: los de arriba, los de abajo y los que caen”. Con estas breves palabras, Trimagasi describe la estructura social representada por la demencial cárcel futurista que pinta de cuerpo entero Galder Gasteleu-Urrutia en El Hoyo, un electrizante thriller social disponible en Netflix.
La trama se desarrolla en el interior de una cárcel española del año 2040 o 2050, poseedora de un diseño arquitectónico peculiar: el edificio es un cubo de hormigón gris atravesado en el centro de sus techos y pisos por un enorme hoyo que conecta los cientos de niveles mediante una enorme mesa flotante que transporta la única comida que harán los reclusos durante el día.
Dicho sistema de estratificación social, que obliga a los de abajo a comer las sobras de los de arriba, además de reflejar la eficacia destructora de la envidia, apatía, codicia o el desdén de los mejor posicionados hacia quienes consideraban los parias del lugar, descubre lo fabulosamente esperanzadora que resulta ser la solidaridad espontánea, y que en la película se plantea así: dado que la mesa llegaba al primer nivel desbordándose de alimentos, bastaba con que cada quien comiera solo lo indispensable, para que la comida alcanzara para todos. Evitar los excesos y considerar a los hambrientos que estaban a la espera, eran la clave de la supervivencia.
¿Le suena familiar? La solidaridad espontánea propuesta por El Hoyo me hizo recordar muchas de nuestras miserias actuales. Va un par de ejemplos.
Bastó que Donald Trump dijera que la cloroquina y la hidroxicloroquina “cambiarían las reglas del juego en el tratamiento del coronavirus”, para que gente histérica, mezquina, con los recursos requeridos, acabara con lo que había en las farmacias, intoxicándose a sí misma y poniendo en grave riesgo a quienes dependen de ellas y las tienen prescritas. Algo similar sucedió en los supermercados con el abasto de papel sanitario, antibacteriales, desinfectantes, cloro, cubrebocas y algunos artículos de despensa. Las compras de pánico realizadas por gente inconsciente, egoísta y díscola, agotaron productos que hoy desaparecieron como en su momento lo hicieron los dinosaurios.
Lamentable, muy lamentable, que el egoísmo, ruindad, la renuncia a la solidaridad, apatía y la escasísima humanidad de unos cuantos tengamos que sufrirla, especialmente, los más vulnerables, esos que furiosamente buscan sobrevivir desde el fondo del hoyo en el que estos miserables pelmazos les han metido. _