Tuvieron que pasar casi 20 años para que el término acuñado por la filósofa española Adela Cortina se incorporara al diccionario de la Real Academia Española.
Lo que no se nombra no existe, por eso era importante que la aporofobia se visibilizara como una de esas palabras que describe un fenómeno vergonzante de nuestro tiempo: el rechazo y desprecio al pobre.
Quienes sienten esto en las tripas arguyen algunas razones: un pobre lo único que aporta a la sociedad son problemas. No genera valor económico, no representa un motivo de orgullo, no es confiable, no encarna los valores más nobles de la sociedad. Por el contrario, el pobre es una carga, un fardo social, un resentido al acecho del que lo emplea o de quien le niega una ocupación, un atenido al que hay que lidiar y mantener a costa de nuestros impuestos o de la vía (vergonzosa) de la caridad. El pobre no da; quita.
Sobra decir lo errado de estas supuestas razones y, ahora que existe una palabra para nombrar dicha fobia, lo que toca es ponernos manos a la obra para desterrarla como debemos hacer con cualquier forma de repudio que nos haga perder humanidad.
Traigo esta breve historia de la visibilización de la aporofobia a cuento, porque hay otro término igualmente pernicioso que aún no ha sido recogido por la RAE y que urge integrar: la gerontofobia, y que podríamos entender como el rechazo y repudio a la vejez, a lo que riñe o niega la lozanía de la juventud.
Si bien es cierto la gerontofobia también podría entenderse como el miedo a envejecer, vista desde la perspectiva del rechazo, esta fobia, además de degradar moralmente a quien es objeto de ella y al que la siente y expresa, nos hace un flaquísimo favor al desconocer y negar la nueva pirámide poblacional de los próximos 20 años.
México ya no es un país donde la gran mayoría de sus habitantes son niños y jóvenes; la madurez nos está alcanzando. En 20 años habrá cerca de 40 millones de personas que rebasen los 40 años, edad que en el mundillo laboral suena más a senectud que a buen juicio, confianza, experiencia y productividad.
Por ello nos urge proponer a la RAE la inclusión del término; no solo por respeto a la dignidad de quien dejó de ser minoría, sino por una cuestión lógica: nos estamos volviendo viejos.