Que solamente lo acabe Dios…

Ciudad de México /

Hace apenas una semana, platicando con una amiga muy querida de la infancia, me recordó aquel día de verano de 1969, que salíamos de uno de los últimos exámenes de la secundaria. Al llegar a la casa, nos sentamos en el antecomedor a tomar un café, mientras desayunaba mi padre que se encontraba como ensimismado. De pronto, papá le dijo a mamá, un poco preocupado:

—Alguien te buscará para hacerte una propuesta, seguramente, te va a ofrecer una suma considerable de dinero, con el fin de que me des el divorcio.

Paloma abrió los ojos sorprendida y, con una sonrisilla pícara, comentó:

—Bueno, si la oferta es ventajosa, tal vez me convenga.

Papá refunfuñó:

—Pensé que dirías que no de inmediato. Y no te conviene. Mira, mis hijos y tú vivirán mejor de mis regalías.

—Gracias. Lo pensaré, agregó mi madre en tono sarcástico.

Así que José Alfredo comenzó a hablar de sus discos, del valor de sus canciones, de las regalías… De repente, puntualizó:

—De las regalías podrán vivir hasta mis nietos.

Mily y yo teníamos que estudiar para el siguiente examen, de modo que nos escabullimos hacia mi recámara y ya no supimos cómo terminó la conversación entre mis padres. Sin embargo, sentí que ese comentario había fortalecido su relación desde distintos aspectos.

Había una reafirmación del compromiso entre ellos:

“Me encontraste en un negro camino como un peregrino sin rumbo y sin fe y la luz de tus ojos divinos cambiaron mis penas por dicha y placer…”.

A mí me reconfortaba saber que gracias a sus regalías no tendríamos problemas económicos. No obstante, era un pensamiento ingenuo, propio de mi edad, pues nada es seguro en este mundo cambiante y pasajero. Por otra parte, nunca los había escuchado hablar de divorcio y menos aún, que Paloma considerara la posibilidad de hacerlo. Ella amaba a mi padre, además era católica, respetuosa de la religión y el voto del matrimonio señalaba: “Hasta que la muerte nos separe”. Papá también era católico y, aunque no respetara de la misma manera los preceptos, no quería divorciarse.

“Desde entonces yo siento quererte con todas las fuerzas que el alma me da. Desde entonces, Paloma querida, mi pecho he cambiado por un palomar”.

El divorcio no era algo común ni en la familia ni en la época. La mayoría de mis amigas vivían en familias tradicionales de un primer y único matrimonio. Probablemente, había señores que mantenían una relación extramarital, pero los hijos no estábamos enterados. A veces, se rumoraba de alguno porque era una figura pública o porque lo habían sorprendido en la relación clandestina. Sin embargo, y a pesar de la fama de mi padre, nosotros crecimos con el mismo modelo tradicional. Menciono que en aquellos años no había paparazzi ni programas de dimes y diretes ni redes sociales y mucho menos influencers.

“Yo no sé lo que valga mi vida, pero yo te la vengo a entregar; yo no sé si tu amor la reciba, pero yo te la vengo a dejar”.

Si mi madre, en algún momento, tuvo noticias de alguna infidelidad de su esposo, jamás nos transmitió el mensaje. José Alfredo siempre fue para nosotros el padre presente y amoroso que nos acompañó en las aventuras y en los acontecimientos más importantes de nuestras vidas. Compensaba las ausencias de las giras con largos paseos, viajes, tiempo de calidad en casa y su gran sentido del humor hacía que recordáramos con alegría los sucesos. Si en ocasiones recibió papá algún reclamo de su esposa, tenía la habilidad para dedicarle versos y así tranquilizarla, un bello ejemplo es “Amor del alma”:

“¿Por qué te amargas la vida, ¿por qué no entiendes mi amor?, ¿por qué pensar en traiciones, si somos un corazón? Amor que brota del alma como éste que en mí brotó, tendrá que ser un cariño que solamente lo acabe Dios…”.

Aquella mujer que pretendía comprarle el divorcio a mi madre nunca se presentó en la casa, supusimos que, al descubrir que un político de altos vuelos estaba interesado en ella, cambió al poeta por un “mejor postor”. Comprenderás, querido lector, que, por ser ambos personajes conocidos, debo omitir sus nombres; aunque quizás la época te dé la pista.

“Si alguna vez has llorado olvida ya tu dolor: atrás quedó tu pasado, al frente tienes mi amor…”.

Con respecto a las regalías, hay mucho que comentar, quizás valdría la pena dedicar un artículo para desmenuzar algunos puntos. En esta columna solo agregaré que a José Alfredo no le tocó padecer la piratería, que surgió con vehemencia años después de su muerte. Él estaba convencido del valor de la obra que nos legaba, no era fanfarrón, simplemente, sabía que era un gran compositor. Para muestra, un botón:

“Tú sabes que mi alma vivió entre tus brazos la historia de amores que tanto soñé; tú sabes, Paloma, que me haces pedazos si el día de mañana me pierdes la fe”.

Paloma Gálvez y José Alfredo Jiménez bailando. Especial


  • Paloma Jiménez Gálvez
  • paloma28jimenez@hotmail.com
  • Estudió la maestría en Letras Modernas en la Universidad Iberoamericana, y es Doctora en Letras Hispánicas. Desarrolló el proyecto de la Casa Museo José Alfredo Jiménez, en Dolores Hidalgo, Guanajuato. Publica su columna un sábado al mes.
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