Que a través de mi madre me enseñé a perdonar…

Ciudad de México /

Podemos dedicar horas enteras a hablar sobre el tema del perdón y cada quién tendrá un punto de vista que amplié o acote el concepto. La mayoría de las religiones dedican tiempo a explicar los beneficios y la importancia que tiene el saber perdonar; incluso, hay periodos dedicados a pensar en este tópico. No es mi interés entablar una polémica, más bien, después de este periodo de descanso y reflexión, me puse a buscar entre las letras de las canciones, algunos versos que me llevaran a sentir la percepción que mi padre tenía sobre el perdón.

En general hay una línea que viaja de la culpabilidad al pecado y de ahí al castigo o al perdón. El mal está implícito; pero no es mi intención llevarlos por un camino filosófico ni mucho menos religioso. Sin embargo, los puntos de vista sobre el tema del perdón se verán siempre preñados de las creencias que cada uno lleve consigo. Existe un vínculo ético-religioso ligado a la idea del perdón que no es necesario evadir.

Hay una canción que se titula “Cuando nadie te quiera” que describe muy puntualmente la maldad atada al dolor:

“Cuando nadie te quiera, cuando todos te olviden, volverás al camino donde yo me quedé; volverás como todas con el alma en pedazos a buscar en mis brazos un poquito de fe. Cuando ya de tu orgullo no te quede ni gota y la luz de tus ojos se comience a apagar, hablaremos entonces del amor de nosotros y sabrás que mis besos, los que tanto desprecias, van a hacerte llorar…”.

Encuentro en estas dos estrofas una descripción de ese juego que surge cuando aparecen algunas emociones incómodas que sentimos cuando tomamos conciencia de la culpa. La búsqueda de la fe, la pérdida del orgullo. José Alfredo con su lenguaje sencillo va poniendo en cada verso una dosis de sentimiento y emoción.

La imagen de esta mujer me remite a Lilith. Cuenta el mito: “Dios formó entonces a Lilit, la primera mujer, del mismo modo que había formado a Adán, aunque utilizó inmundicia y sedimento en lugar de polvo puro” (Robert Graves). Quizás por eso la primera mujer era casi un demonio. La narración se completa relatando que huyó al Mar Rojo, la región en donde abundan los demonios lascivos. Me pregunto ¿por qué dios utilizó inmundicia para la mujer y polvo puro para el hombre? ¿cuál sería su intención?

“Cuando nadie te quiera, cuando todos te olviden y el destino implacable quiera ver tu final, yo estaré en el camino donde tú me dejaste con los brazos abiertos y un amor inmortal…”.

El poeta no especifica a dónde huye esta mujer, solo sabemos que se fue y que tal vez tiene otros hombres. Sin embargo, él la seguirá esperando y de forma precisa le canta:

“Porque quiero que sepas que no sé de rencores, que a través de mi madre me enseñé a perdonar…”.

Amor del bueno, en palabras de Jiménez, lo define como inmortal. Revelando en estos versos el valor del perdón. Otra forma de verlo, la encuentro en la canción “Con nada me pagas”. Siento que el autor presenta en este canto la estrecha relación entre la culpabilidad y el castigo. No puede quedar impune aquel que ha pecado, aunque bien señala Paul Ricoeur, que: “La culpa nunca será sino el castigo mismo anticipado, interiorizado y que pesa ya en la conciencia…”. El castigo es cargar con la culpa.

“Con la mitad del cariño que yo te tengo podrían hacerte feliz; con la mitad de los besos que yo te daba, la vida entera podrías vivir. Con que te quieran tantito, nomás tantito, podrás salvar el dolor de no quedarte en el mundo con mucha pena, con mucha angustia y pidiendo amor. Pero sé que tú vas a pagar lo que debes y me sales debiendo tanto, que con todas las cosas que tienes no cubres la deuda que me está matando…”.

Asume que el mal debe ser castigado de alguna manera. Ricoeur lo explica así: “La culpabilidad es la que exige que el castigo mismo pase de ser expiación vengadora a ser expiación educativa, esto es, enmienda.”

“Con la mitad de mi vida, mi media copa, aquí me vengo a tomar; por esos años queridos cuando en tus brazos me fui enseñando a sufrir y a amar”.

Podemos ver al poeta reflexionando y en la sencillez de su ecuación se revela la complejidad del resultado: sufrir y amar. Los dejaré cavilando con la conclusión de su corazón, pues me parece aún más reveladora cuando en la última estrofa canta con humildad:

“Porque a pesar de tus cosas, que nunca sepas lo que es un cielo sin sol, ya que a pesar de tu infamia a Dios le pido te falte todo y te sobre amor”.

El poeta reflexiona sobre la ecuación sufrir y amar. FOTOTECA MILENIO


  • Paloma Jiménez Gálvez
  • paloma28jimenez@hotmail.com
  • Estudió la maestría en Letras Modernas en la Universidad Iberoamericana, y es Doctora en Letras Hispánicas. Desarrolló el proyecto de la Casa Museo José Alfredo Jiménez, en Dolores Hidalgo, Guanajuato. Publica su columna un sábado al mes.
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