La vigencia de las nuevas reglas de la política económica de México, después de 2 años de Claudia, y 8 de la 4t

Ciudad de México /
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Por 8 años ya, los pronósticos del consenso de analistas financieros sobre la economía mexicana han compartido un destino común: el desacierto sistemático. Anticiparon espirales inflacionarias, vaticinaron corridas cambiarias y profetizaron crisis de deuda inminentes basados en modelos económicos que la teoría neoclásica consideraba inminentes si se corrían rigurosamente sus fórmulas. Sin embargo, el colapso repetidamente anunciado que nunca ha llegado se ha convertido en una de las principales fortalezas de la nueva economía mexicana, al ratificar repetidamente que se trata de nuevas reglas del juego que no sólo desmienten escenarios catastróficos si no producen resultados impensables: pleno empleo, superávit comercial, peso fuerte.

La razón de este desencuentro no radica en un error de cálculo, sino en una ceguera metodológica de fondo. La tecnocracia tradicional sigue intentando evaluar la realidad nacional mediante el termómetro del siglo pasado, ignorando que en México operamos bajo un cambio de paradigma estructural. Quienes predicen la atrofia confunden el abandono de los dogmas contables tradicionales con la ausencia de rigor macroeconómico.

En el viejo consenso, la estabilidad descansaba en la contención salarial, la disciplina fiscal extrema y un Estado relegado al mero árbitro del mercado. El paradigma actual, asentado en la arquitectura de la Prosperidad Compartida, y en el Humanismo Mexicano, reordenó los valores fundacionales de la estabilidad económica y el concepto de desarrollo. Hoy la estabilidad no se sostiene en la austeridad que deprime el mercado interno, sino en la paz social, la fortificación del consumo interno y la soberanía en la infraestructura estratégica.

Existen tres disrupciones conceptuales que la ortodoxia aún no logra procesar:

En primer lugar, la inyección directa a la base de la pirámide mediante medidas de nivelación de un bienestar mínimo e incrementos salariales no actuó como un gasto improductivo ni como un detonador inflacionario, sino como un escudo de liquidez. Con una propensión marginal al consumo cercana al 100%, estos recursos circulan de inmediato en la economía local, blindando la demanda agregada básica frente a turbulencias externas, que vaya que se han dado.

En segundo lugar, el mito del déficit fiscal "tóxico" se desmoronó frente a la realidad financiera del Estado moderno. La ortopraxia asumía que expandir déficit fiscal castigaría el riesgo país; no obstante, el Ejecutivo entendió que el mercado global no penaliza el déficit nominal ni en abstracto ni como porcentaje del PIB, sino el descalce cambiario y la incapacidad de pago. Con una deuda convertida mayoritariamente a pesos, a tasa fija y con plazos extendidos, el margen de maniobra fiscal resultó ser sustancialmente más elástico de lo que dictan los manuales académicos.

Finalmente, la fortaleza fiscal no ha dependido de reformas tributarias regresivas, recomendadas una y otra vez entre nuestros economistas de texto y desoídas un tanto más por el ejecutivo, sino de una fiscalización rigurosa a rajatabla a todos los contribuyentes, coordinada con una reingeniería de la recaudación interna de transacciones hormiga, y la asistencia de una mina recaudatoria potencialmente inexplotada, con innovación recaudatoria en los vacíos fiscales aún existentes (transacciones digitales, huachicol fiscal, etcétera).

El conocimiento y adherencia por convicción de estas nuevas reglas le otorga a la Presidenta un competitive hedge —una ventaja estratégica asimétrica— frente a sus detractores. Mientras la oposición y las corredurías privadas evalúan la salud económica en función de la inversión, la ausencia de superávits primarios, los niveles de déficit al perecer insostenible, o del magro o nulo crecimiento agregado del PIB, la Presidencia gestiona disciplinada y cotidianamente el incremento en el bienestar de la mayoría de la población como activos macroeconómicos insospechadamente poderosos.

El verdadero riesgo para los analistas no es equivocarse en la cifra del próximo trimestre, sino seguir jugando en un tablero cuyos movimientos ya no responden a sus leyes de la gravedad de sus modelos Entender el México de hoy exige aceptar que las reglas cambiaron y que la economía, lejos de colapsar, simplemente aprendió a priorizar las necesidades de la mayoría.

Y es que las debilidades estructurales tradicionales siguen ahí: un sector informal que frena la productividad, una ausencia endémica de inversión privada, con su consecuente falta de crecimiento económico. Pero ya no son precursores de un estancamiento ni mucho menos de un colapso. Por el contrario, ante el mundo, México avanza, con otros indicadores. Ya es hora que nuestros economistas y analistas financieros le dediquen su esfuerzo intelectual a la definición y análisis de la nueva economía mexicana y sus determinantes.


  • Patricia Armendáriz
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