Los baby boomers mexicanos, como yo, que vivimos devaluaciones catastróficas, somos sensibles a cualquier depreciación del peso, como la iniciada en septiembre de 2026. Pero diez años de historia cambiaria (ver gráfica) ya nos enseñan algo diferente: los gobiernos no determinan por sí solos la cotización del dólar. Su contribución consiste en generar estabilidad o incertidumbre ante movimientos financieros internacionales. Y la libre flotación aunada a un banco central independiente deben tranquilizar a los mercados y a los ciudadanos. No más tipo de cambio sujeto a decisiones gubernamentales.
También debemos desarrollar ecuanimidad cambiaria. Una depreciación favorece exportaciones, turismo y remesas, pero encarece importaciones y presiona la inflación. Una apreciación produce efectos contrarios. Ninguna es, por sí misma, buena o mala.Veamos los elementos de estas conclusiones analizando los diferentes períodos de volatilidad cambiaria:
2016-2017. El efecto Trump. Sus amenazas de cancelar el TLCAN depreciaron el peso de 17 a más de 21 por dólar. El gobierno respondió con ajustes fiscales y negociaciones comerciales, mientras Banxico elevó las tasas. La reducción del riesgo comercial permitió recuperar terreno.
2018-2019. El cambio de régimen. La llegada de López Obrador y decisiones diferentes a regímenes anteriores generaron incertidumbre. Sin embargo, su disciplina fiscal y la negociación del T-MEC contribuyeron a estabilizar el peso alrededor de 19 por dólar. El gobierno compensó parcialmente la incertidumbre de sus decisiones con prudencia macroeconómica.
2020-2021. La pandemia. El pánico financiero mundial disparó el dólar por encima de 25 pesos. La recuperación estadounidense y las medidas autónomas de Banxico facilitaron su posterior apreciación. El gobierno evitó un endeudamiento extraordinario y mantuvo disciplina fiscal, y focalizó los apoyos a la recuperación económica donde se necesitaba: la base de la pirámide.
2022-2024. El superpeso. El dólar bajó de más de 20 a aproximadamente 16.30 pesos. Influyeron las altas tasas de Banxico, las remesas y las expectativas de nearshoring. El gobierno contribuyó con estabilidad fiscal, y continuidad del T-MEC. La apreciación abarató importaciones, pero redujo los ingresos en pesos de exportadores y receptores de remesas.
2024-2025. Nueva depreciación. Las reformas constitucionales elevaron la percepción de riesgo institucional. El triunfo de Trump y sus amenazas arancelarias agravaron la incertidumbre. El dólar se acercó a 21 pesos. Las reformas contribuyeron a la volatilidad regulatoria, aunque el Gobierno contribuyó con señales de estabilidad macroeconómica.
2025-2026. Recuperación del peso. El dólar internacional se debilitó y los rendimientos mexicanos atrajeron capitales. El gobierno de Sheinbaum contribuyó mediante disciplina fiscal, continuidad macroeconómica y negociaciones con Trump que ayudaron a preservar ventajas comerciales. La apreciación obedeció principalmente a factores externos y a las tasas autónomas de Banxico.
Septiembre-octubre de 2026. ¿Otra depreciación? El menor diferencial de tasas, el fortalecimiento mundial del dólar y la incertidumbre sobre el T-MEC presionan al peso. Aún es prematuro declarar una tendencia prolongada. La tarea gubernamental radica en preservar certidumbre jurídica, finanzas públicas creíbles e inversión productiva.
La lección es fundamental: ni un peso fuerte demuestra el éxito de un gobierno ni uno débil significa su fracaso. Su responsabilidad es construir una economía productiva, competitiva y estable.
Porque la fortaleza de México no se mide por cuántos pesos cuesta un dólar, sino por cuánto producimos, invertimos y mejoramos el bienestar de nuestra población.