Durante muchos años he estudiado a Nietzsche con atención, admiración e incluso yo diría, con amor. Sin embargo, en los últimos tiempos me he encontrado con una pregunta que me ha hecho reflexionar: ¿cómo conciliar su crítica a la compasión con un rasgo personal que siempre me ha acompañado, que consiste en una disposición espontánea a la compasión y a la ayuda hacia los otros? Y en esto no estoy sola: mis compañeros nietzscheanos en todo el mundo se distinguen por una generosidad sin límites y una constante preocupación por los demás, un verdadero altruismo y sí: compasión ante el dolor del otro.
La dificultad es evidente: ¿cómo ser compasiva, cuando se es nietzscheana? Tengo la convicción de que todo ser sintiente merece consideración y respeto, y cuando esto no sucede, no veo nada malo en acudir en ayuda de un ser humano o un animal. Nietzsche critica con dureza la elevación de la compasión a principio moral supremo, especialmente en el contexto del cristianismo y de la ética de Schopenhauer. En textos como La genealogía de la moral, la compasión aparece vinculada a lo que él llama la moral de los débiles: una moral que nace del resentimiento y que termina exaltando el sufrimiento, la impotencia y la debilidad.
Esta crítica parece conducir a la conclusión de que la compasión misma es una actitud moral sospechosa. Sin embargo, una lectura más detenida puede dejar ver que Nietzsche no critica cualquier forma de ayuda o preocupación por el otro. Lo que cuestiona es una moral que convierte el sufrimiento en valor absoluto de la vida moral y que transforma la debilidad en un ideal: dichosos los pobres, dichosos los que sufren, dichosos los débiles... Su problema no es que los seres humanos respondan al sufrimiento ajeno, sino que esa respuesta se convierta en un sistema moral que niegue la afirmación de la vida y glorifique una vida débil, la vida pobre y sumisa.
En otros textos, especialmente en Así habló Zaratustra, aparece una imagen diferente: la del individuo que da desde la abundancia. En esa obra, el “dar” es un tema recurrente, y se trata de un dar que no nace de la culpa ni del deber, sino de una plenitud que rebosa y de un radical amor a la vida. Nietzsche utiliza con frecuencia la metáfora del sol, que ilumina y calienta no por obligación, sino porque su naturaleza es irradiar. El dar se convierte en donación de sí mismo: más que dar algo, es regalarse porque así lo pide el cuerpo, no por lástima.
Esta imagen sugiere otra posibilidad para pensar la relación con el sufrimiento de los otros. La ayuda puede surgir no de la moralización del dolor ni del resentimiento contra la fuerza, sino de una forma de generosidad que nace del amor a la vida y de la plenitud vital.
Vista desde esta perspectiva, la compasión puede tener orígenes muy distintos. Puede ser, en efecto, expresión de culpa o de resentimiento, y es la compasión que Nietzsche critica. Pero también puede ser una forma de generosidad fuerte que surge de la empatía; una sensibilidad ante el sufrimiento ajeno que no glorifica ese sufrimiento ni lo convierte en fundamento moral.
La crítica nietzscheana y la experiencia personal de la compasión no es necesariamente una contradicción. Lo que Nietzsche invita a examinar, no es la existencia misma de la compasión, sino la forma de vida desde la cual surge. La pregunta, para Nietzsche, no es si la compasión es buena o mala, sino si la compasión nace de la culpa, del resentimiento, o de una generosidad vital que brota de la abundancia y del gran amor a la vida.
Es posible ser nietzscheana, decirle SÍ a la vida con fuerza y compartir esa afirmación, esa fuerza y ese amor a la vida, con los demás.