Cuando todo indigna y nada obliga: la fatiga moral de nuestro tiempo

Ciudad de México /

Cada día despierta con una nueva indignación: una invasión, una masacre, una catástrofe, una noticia sobre maltrato animal o sobre las consecuencias de la crisis ambiental. Y todo exige una postura inmediata, reclama una condena pública: todo es urgente. Sin embargo, algo extraño ocurre: cuanto más vemos, menos sentimos la obligación de actuar. En algunos, es cinismo; en la mayoría, es cansancio moral.

La indignación, que durante siglos fue una reacción excepcional ante lo intolerable, se ha vuelto un estado permanente: vivimos indignados y no sin razón. Sin embargo, la indignación ya no aparece como un sobresalto ético que irrumpe en la vida cotidiana; conforma la cotidianidad misma, es un permanente ruido de fondo que se despliega en redes sociales, noticieros y conversaciones cotidianas. Y como dijo el poeta, “el mundo es ruidoso y mudo”: el ruido no permite escuchar ninguna de las voces que lo conforman. Ese ruido irremediable rara vez conduce a una responsabilidad moral; solo consume y agota.

La paradoja es inquietante: nunca habíamos tenido tanta información sobre el sufrimiento ajeno y, al mismo tiempo, nunca habíamos sido tan impotentes ante él. La responsabilidad se reduce a compartir una publicación, dar un like, escribir una frase de rechazo o incluso cambiar de tema, para que la conciencia quede descargada del peso moral, aunque sea por un momento: así paliamos el cansancio moral.

Este fenómeno no es solo psicológico; es profundamente ético. La ética no se juega únicamente en el ámbito de las emociones, sino en el vínculo entre lo que reconocemos como injusto y lo que estamos dispuestos —realmente— a hacer frente a ello. Cuando ese vínculo queda roto por la desmesura de las exigencias, aparece la fatiga moral: sabemos que algo está mal, pero ya no sentimos que podamos hacer algo al respecto.

La escala de los males contemporáneos que llegan a nuestros oídos nos desborda. Quizá en otras épocas existían esos mismos males, pero la gente los vivía al interior de sus pequeñas comunidades, en donde actuar era viable. Hoy, ante la globalización, la información que nos llega es abrumadora. ¿Qué puede hacer una persona frente a una guerra lejana, una crisis migratoria global o un sistema económico injusto? Ante esa desproporción, el ser humano requiere anestesia: la desmesura en las exigencias morales produce parálisis, no compromiso.

Así, la indignación constante termina funcionando como una coartada: nos permite decir “sí me importa, pero no hay nada que yo pueda hacer”. Con ello pareciera que quedamos eximidos de decidir dónde, cómo y hasta dónde estamos dispuestos a aceptar una responsabilidad ante el mundo. De esa manera, en esta época que Heidegger llamó “la época de la imagen del mundo”, la moral termina por convertirse en un espectáculo público.

El riesgo de este escenario no es menor. Una sociedad fatigada moralmente no es una sociedad indiferente, sino una sociedad saturada. Y una sociedad saturada es más vulnerable a la manipulación, al cinismo político y a la renuncia silenciosa ante la responsabilidad cívica.

Tal vez el desafío ético de nuestro tiempo no consista en indignarnos más, sino en recuperar una ética con medidas, con límites y con responsabilidades concretas. No somos responsables de todo el mal del mundo, pero tampoco somos inocentes espectadores. La pregunta decisiva no es cuántas causas nos conmueven, sino cuáles estamos dispuestos a asumir para actuar y no solo opinar.

Porque una ética que no obliga, que no incomoda y que no compromete, deja de ser ética y se transforma en mero ruido y fatiga moral.


  • Paulina Rivero Weber
  • paulinagrw@yahoo.com
  • Es licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en temas de Ética y Bioética, en particular en los pensamientos de los griegos antiguos, así como de Spinoza, Nietzsche, Heidegger.
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