Solemos referirnos al propio cuerpo como “mi cuerpo”, del mismo modo en que decimos mi casa, mi libro, mis cosas. De igual manera hablamos de cada una de sus partes: mis pies, mis manos, mi cara. Pareciera que el cuerpo es una pertenencia de un “yo” que suponemos dentro del cuerpo, de un “yo” que habla de él como algo distinto a sí mismo. Ya Platón señalaba lo paradójica que es esta dualidad interna, que habría de convertirse, en buena medida, en uno de los fundamentos de su filosofía.
El problema es que al hablar de este modo, corremos el riesgo de concebir el cuerpo como una entidad ajena a nosotros mismos. De ahí las dualidades “cuerpo-espíritu” o “cuerpo- mente”: por un lado estaría el cuerpo y por el otro, aquello que verdaderamente somos.
Nietzsche dinamita esa tradición. Para él, el cuerpo es una unidad que contiene todo cuanto somos: los aspectos racionales tanto como los irracionales, la capacidad de intuir, de razonar y sentir. Todo es cuerpo. Para Nietzsche “el cuerpo es una Gran Razón dotada de un único sentido”. El espíritu es también parte del cuerpo, porque el cuerpo, tal como él lo entiende, no se reduce a los órganos, la sangre y los huesos: es todo cuanto somos.
Desde la dualidad mente-cuerpo podemos ser tan racionales como para explicar, a través de un discurso racional, quién somos, qué nos gusta y qué nos disgusta. El cuerpo sin embargo puede contradecir ese discurso. El cuerpo no habla: actúa. Es el cuerpo el que puede tener miedo, desear, amar u odiar. El cuerpo y sus recuerdos, nos hacen ser quienes somos. Y como cualquier cuerpo, llevamos cicatrices que a veces han sanado y a veces sangran toda la vida.
Esto importa porque desde esa concepción del cuerpo, la idea de pensar, escribir o actuar “con el cuerpo”, adquiere otro sentido. Escribir con el cuerpo no es lo mismo que escribir con la sola razón. Es lograr ser racionales, intuitivos y sensibles a la vez. El cuerpo brinda algo más que la técnica necesaria para pasar de una premisa a otra: incorpora al pensamiento la sensibilidad, la intuición, la experiencia y los afectos. Pensar con el cuerpo es, en ese sentido, algo más que construir argumentos: es transcribir al papel, la totalidad de lo que una es.
Del mismo modo, actuar desde el cuerpo no significa abandonarse a un instinto ciego o caótico. Significa actuar desde la totalidad de aquello que somos: desde la razón, ciertamente, pero también desde los afectos, las intuiciones y los instintos creadores de vida. Todo aquello que durante siglos la filosofía quiso separar y ordenar jerárquicamente bajo los nombres de “cuerpo” y “espíritu”, Nietzsche vuelve a reunir bajo un solo nombre: cuerpo.
Como herederos que somos de una tradición dualista, a veces olvidamos que aquello que creemos haber superado continúa inscrito en el cuerpo. Las cicatrices que dejó la infancia permanecen ahí, silenciosas, acaso silenciadas. Y pueden reaparecer en cualquier momento para devolvernos, como de la nada, a la niña aterrada que creíamos ya no ser, cuyas huellas están siempre presentes en el propio cuerpo.
Nietzsche no invita solo a pensar de otra manera; su propuesta requiere comprender que no hay nada que no nazca del cuerpo, porque no tenemos un cuerpo: somos cuerpo.
Somos cuerpo exaltado, cuerpo vencido,cuerpo angustiado o cuerpo enamorado. Pero siempre, cuerpo.