La Candelaria y las lágrimas de los niños

Ciudad de México /

En la alcaldía de Tláhuac existe un pequeño pueblo llamado San Andrés Mixquic. Antes de la Conquista era una comunidad lacustre, integrada al sistema de lagos del Valle de México. Su cosmovisión, al igual que el resto de las poblaciones, estaba centrada en el maíz, el agua y en los ciclos agrícolas.

Fue evangelizado tempranamente, como muchos pueblos de esa zona; se impuso una parroquia y se reorganizó el calendario ritual. Pero lo que hizo la diferencia que hasta hoy deja una huella, es que en esta comunidad no se desarticuló la vida comunitaria; la organización comunal y la transmisión oral de las prácticas rituales son aún visibles. Por eso tanto el Día de Muertos como el Día de la Candelaria, conservan en este pequeño poblado una profundidad que ya no se puede ver en otros lugares.

En Mixquic el 2 de febrero no es predominantemente una fiesta mariana ni una convivencia en torno a los tamales. Esta fecha continúa presentando reminiscencias de la época prehispánica en torno al ritmo agrícola, cuando se preparaba el ciclo del maíz que se llevaba a cabo en el mes de Atlacahualo, primer mes del calendario ritual mexica, dedicado a preparar el ciclo de las lluvias y de la fertilidad de la tierra.

Durante Atlacahualo se rendía culto a Tlaloc, dios de la lluvia y a los tlaloque, las fuerzas del agua y de las montañas. Para ello se ofrendaba maíz en formas de mazorcas tiernas y pequeños tamales sencillos elaborados únicamente con maíz, envueltos en sus hojas. Con estos rituales, se pedía a Tlaloc regular la lluvia: que no lloviera demasiado, ni demasiado poco.

Tras la Conquista los evangelizadores no pudieron acabar con estas fechas, de manera que las recubrieron con la fiesta de la Candelaria, día en que llevan a bendecir ya no el maíz, sino las candelas, las velas o cirios que durante el resto del año servirían como luz de Cristo. Tlaloc fue sustituido por la Virgen y el Niño y cambiaron las ofrendas de maíz sencillo por tamales un poco más elaborados. Lo interesante es que en este pueblo de alguna manera los tamales continúan preparándose como ofrenda y el rito continúa siendo comunitario.

Claro, resulta fácil idealizar el pasado cuando se trata de los pueblos originarios: yo tiendo a hacerlo. Pero una ojeadita al Códice Florentino acaba con esa idealización. En algunos lugares del México prehispánico, en estas festividades también se realizaba el sacrificio de niños: ellos eran conducidos a una muerte que prefiero no detallar para no echarle a perder el día a nadie. En el camino hacia su sacrificio, el llanto de los niños se consideraba buen augurio: sus lágrimas auguraban lluvia.

Es fácil idealizar las religiones antiguas. Pero tanto las religiones griegas como las del México prehispánico, tienen sus propias historias de horror. La crueldad, decía Nietzsche, se interioriza con el cristianismo y por ello resulta más difícil verla y comprenderla. La evolución de las creencias religiosas nos deja ver que, como diría Eliade, el ser humano es el homo religiosus.

No cabe duda: el sincretismo religioso es uno de los aspectos más interesantes y fructíferos en el estudio de las religiones. Y nos permite ver que no todo pasado fue mejor: que cada época ha tenido sus historias de grandeza, pero también de horror.

Los tamales son un sutil recuerdo de lo que eran aquellas fiestas, que hoy afortunadamente se reducen a bendecir velas, en algunos pueblos todavía a bendecir maíz, y a comer tamales: ¡a comer tamales!


  • Paulina Rivero Weber
  • paulinagrw@yahoo.com
  • Es licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en temas de Ética y Bioética, en particular en los pensamientos de los griegos antiguos, así como de Spinoza, Nietzsche, Heidegger.
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