La domesticación sexual de Odiseo

Ciudad de México /
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Mucho se ha dicho –y se seguirá diciendo– sobre La Odisea de Nolan: es una gran realización y dará mucho que hablar. En efecto, los gigantes parecen salidos de La guerra de las galaxias; en efecto, se pierde la hybris de Odiseo al jactarse y revelar su identidad ante el cíclope, lo que origina la ira de Poseidón; en efecto, se pierde la constante presencia de los dioses griegos y la única presente, la ojiglauca Atenea, diosa de la guerra y la sabiduría, queda reducida a una especie de humilde virgencita tercermundista. Se pierde el Odiseo polytropon, el hombre de muchas vueltas en el sentido real y el figurado; el Odiseo complejo, mentiroso, arrogante, ególatra.

Ahora bien, a mí me interesa detenerme en un aspecto de ese ser polytropon: su sexualidad. He llegado a este tema a raíz de la lamentable omisión del último episodio de La Odisea antes de llegar a Ítaca: la tierra de los feacios. Es una de las partes más bellas de la Odisea y es la escena más ejemplar de la xenía, la ley de Zeus sobre la hospitalidad. Cuando supe de su ausencia, creí que se debía a la necesidad cinematográfica de narrar los acontecimientos en el orden lineal del tiempo. Pero Nolan no opta por hacerlo así, en cambio traslada el sitio desde el cual se narra: ya no es la tierra de los feacios, sino la isla de Calypso. De hecho, en la película Odiseo no narra su historia: la recuerda.

¿Por qué Nolan tomó esta decisión, si de cualquier manera respetó la estructura retrospectiva de la narración? Hay un detalle que me parece que puede explicarlo. Nolan presenta a Odiseo comiendo loto con Calypso, el cual le hace olvidar todo. En La Odisea homérica, Odiseo nunca come loto; no olvida ni quién es, ni olvida a Penélope y a Telémaco, como tampoco olvida el nóstos, el retorno a su país.

La transposición narrativa, aunada a la ingesta del loto, tiene por resultado un ocultamiento de la vida sexual de Odiseo a lo largo de su viaje, en el cual llega a tener, por lo menos, dos amantes. La primera es Circe. En la obra original, Hermes le entrega el moly a Odiseo, la planta que lo protege del phármakon de Circe. Odiseo, con plena conciencia, se queda un año con Circe como amante. De hecho, cuando la abandona, lo hace porque sus hombres se lo reclaman, no porque él quiera irse.

La segunda amante es Calypso, con quien permanece siete años sin ser embrujado ni drogado con loto. Es verdad que Calypso lo quería como amante mientras Odiseo insistía en su deseo de regresar a Ítaca. Es verdad que Odiseo rechaza el ofrecimiento de Calypso de ser inmortal y vivir por siempre con ella. Pero también es verdad que una vez que los dioses le ordenan a Calypso dejarlo ir, Odiseo y ella lo platican y luego, por última vez, dice Homero, “gozaron del amor permaneciendo juntos”: vamos, Odiseo lloraba por Ítaca, pero “gozaba del amor” con Calypso.

El Odiseo de Nolan es fiel, está desrresponsabilizado de su moral sexual. Nolan se ahorra la estancia voluntaria con Circe como amante y nos presenta los siete años con Calypso como resultado de un estado amnésico: “blanquea”, por así decirlo, la sexualidad de Odiseo. Todo esto le permite presentarlo de manera más acorde a la moral vigente, que no era la moral ni de la época micénica, cuando se cree que suceden estos acontecimientos, ni de la época homérica, cuando son escritos por vez primera.

En la Grecia arcaica el varón gozaba de una amplia libertad para el ejercicio de su sexualidad: podía mantener relaciones tanto con mujeres como con varones, sin que ello constituyera, en sí mismo, una transgresión moral. Esa libertad llegó hasta la Grecia clásica: en los diálogos platónicos, es factible constatarlo. La mujer en cambio pertenecía a un hombre: podía estar en casa o bien ser botín de guerra o premio de consolación en una contienda, claro: cuando no se obtenía el primer lugar, como puede verse en el canto XXIII de La Ilíada.

El blanqueamiento sexual de Odiseo responde a la moral contemporánea: para la moral vigente Odiseo merece regresar a casa y encontrar una Penélope fiel, porque él mismo ha sido fiel.

La sexualidad, afortunadamente, ha cambiado; la disparidad de la doble moral ha disminuido. No digo que el cambio haya concluido: en nuestro México y en el mundo falta mucho por andar. Sin embargo, el blanqueamiento de la moral sexual de Odiseo nos habla de un cambio en la equidad de la moralidad sexual en la época contemporánea.

Nolan realizó una obra maestra: más que criticar sus ausencias o sus cambios, podemos pensar y aprender a partir de su recreación de La Odisea.

Como toda obra de arte, La Odisea de Nolan permite entrever nuevas verdades.


  • Paulina Rivero Weber
  • paulinagrw@yahoo.com
  • Es licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en temas de Ética y Bioética, en particular en los pensamientos de los griegos antiguos, así como de Spinoza, Nietzsche, Heidegger.
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