Sin garras ni potentes mandíbulas, como especie evolucionamos hacia otra arma más poderosa: las habladurías. En esto coinciden por igual el macrohistoriador Noah Harari o un filósofo como Nietzsche. Por eso las habladurías no deben ser tomadas a la ligera y cuando se trata de una figura pública se les llama difamación. Esta es peligrosa porque en el común de la gente hay una fuerte tendencia a creer lo que escucha, de modo que a la larga las habladurías sustituyen lo que una persona es: termina por no ser lo que es, sino lo que se dice que es.
A lo anterior hay que agregar que una sociedad mal informada es proclive a creer lo que escucha a niveles que rayan en lo risible si no fuera por el potencial daño que conllevan. De modo que una persona dedicada a servir a su sociedad, como fue Sócrates, puede acabar condenado a muerte. Decía Serrat: “Uno de mi calle me ha dicho que tiene un amigo que dice conocer a un tipo que…” y ponga usted lo que se le ocurra: que vio un extraterrestre que viene de Marte, que tiene una grabación que demuestra corrupción, que Juanita es acosadora, cualquier cosa cabe ahí.
En ese sentido la difamación debería ser más duramente sancionada, porque lo dicho puede sustituir los hechos, puede crear la realidad. La difamación puede no hacer mella en pelagatos como yo o como cualquiera, pero cuando todo lo que se sabe de alguien es a través de su “ser público”, la difamación puede ser mortal, como lo fue para Sócrates (por cierto, al respecto recomiendo El caso Sócrates, de Luri Medrano).
En nuestra sociedad, la difamación se ha vuelto aún más grave gracias a la velocidad con que se propaga en las redes sociales, las cuales no son neutras, lo sabemos: pueden potenciar e incluso hacer viral desde el chisme más nimio hasta la más grave acusación. Tomando en cuenta las leyes y la realidad en la cual vivimos, ¿qué hacer con la difamación de un personaje público? Enfrentarla, por supuesto. Mostrar, demostrar, que lo dicho no es real, que se trata de habladurías.
Acaso se me dirá que cada quien termina por creer lo que elige creer, lo que quiere creer. Pero esa es una verdad a medias: muchos no eligen, solo escuchan de manera acrítica porque su educación no les da para más: esa es la triste realidad. Por eso en los casos en que la difamación afecta a toda una sociedad, “ante la difamación, acción”.
Las acusaciones que The New York Times lanzó contra el presidente de México tienen precisamente el corte de “uno de mi calle me ha dicho que tiene un amigo que dice conocer a un tipo que…” Y no se vale: sea quien sea el presidente en turno, como ciudadanía debemos exigir respeto, seriedad, compromiso y sobre todo, veracidad, cuando se habla de nuestro país.
Ante la difamación, acción.