Para Pitt
Los antiguos guerreros aqueos que desfilan por las páginas de La Ilíada con sus pesados escudos de bronce, sus relucientes grebas y largas lanzas, son hombres recios y vigorosos, forjados para la guerra. Son capaces de las mayores valentías y salvajadas… habitantes de un mundo en el que el honor se conquista en el campo de batalla y la gloria vale más que la propia vida.
Y sin embargo, lloran. Se entregan al llanto sin reservas. Homero muestra que incluso existe un tiempo reservado para ello: un tiempo y un espacio en el que es posible abandonarse al “maldito llanto” hasta saciarse de él. Lejos de ser considerado una debilidad, el dolor compartido forma parte de la condición heroica; es el reverso humano de aquella fortaleza que los lleva a enfrentar la muerte.
Precisamente por tener un tiempo y un espacio dedicado a saciarse del llanto, una vez concluido ese momento, se pueden retomar las actividades y regresar a la vida. Pareciera entonces que es más fácil retomar la vida después de un pesar, si se llora plenamente y luego se da por concluido el momento dedicado al llanto. El griego homérico no queda llorando por el resto de su vida: llora con toda la intensidad y sale de esa situación para continuar con la vida.
Esta forma de atravesar el dolor contrasta con la manera en que hoy en día solemos vivirlo. En nuestras sociedades, generalmente el llanto se oculta y se reserva para la intimidad. Y es que el llanto incomoda a quienes lloran tanto como a quienes lo presencian. Tal vez por eso aquel que es testigo del llanto ajeno intenta reprimirlo o, cuando menos, consolar al sufriente aconsejándole hacer a un lado el llanto: “no llores, vas a estar bien”. Los griegos dirían lo contrario: “llora, llora hasta saciarte, para que estés bien”. Porque tenían el mismo respeto y la misma admiración al que sabía entregarse al llanto, que al que sabía entregarse a la vida.
Este saciarse del llanto que aparece en La Ilíada, recuerda una expresión usual en la lengua inglesa: to have a good cry. En español no tenemos una expresión similar, aunque sí hablamos del “desahogo”. El dolor y la aflicción contenidas, ahogan. La sensación es tan clara que puede percibirse en la garganta como un “nudo”: llorar hasta saciarse, des-ahoga: elimina el ahogo que se siente como ese nudo en la garganta.
Por eso ante un dolor fuerte, es importante darle al llanto su tiempo y su espacio: no tratar de evitarlo, sino llorar, llorar hasta saciar el llanto, como los antiguos guerreros griegos.
Sólo entonces puede comenzar el regreso a la calma: la lenta reconstrucción de una paz distinta, forjada después de que el dolor ha dejado su marca en la vida.
Porque la vida continúa con su eterno núcleo de dolor y alegría. La vida continua.