Memoria y olvido –III–

Ciudad de México /

Muy poco se sabe del orfismo, pero en el siglo pasado salieron a la luz las pequeñas laminillas órficas provenientes de los siglos V–III a. c. que contenían las instrucciones para el alma en el más allá. En varias de ellas se menciona que el muerto debe evitar las aguas de Lethe, el olvido, y buscar la fuente de Mnemosyne, la memoria. De modo que la oposición entre el olvido y la memoria es antiquísima: Homero y Hesíodo realmente la reelaboraron.

Para los órficos, evitar las aguas de Lethe significaba no perder la conciencia de sí: el alma que olvidaba, quedaba atrapada nuevamente en el ciclo de reencarnaciones y regresaba a una existencia inconsciente de su origen divino. En cambio, beber de Mnemosyne conducía a recordar quién se era y liberarse: la memoria salvaba.

Sin embargo, el mundo griego intuía también que olvidar puede aliviar: ya en Homero aparece el nepenthés, la sustancia que hacía olvidar el dolor. Siglos después, esa idea del nepenthés para el olvido reaparece sin ser mencionada, en la tensión entre memoria y olvido presente en la obra de Friedrich Nietzsche, el más griego de los griegos: leía en griego, pensaba en griego y consideró para su estructura mental toda la riqueza del mundo griego, tanto para bien como para mal. Mientras la tradición órfica vinculaba la memoria con la salvación del alma y concebía el olvido como una pérdida de sí, Nietzsche otorgó al olvido un sentido distinto: el olvido no es mera carencia, es una fuerza vital activa indispensable para la acción, la creación y la salud espiritual del ser humano.

Generalmente vemos el olvido como una deficiencia, como una falla en la memoria, como algo que faltó recordar. Sin embargo él considera que el olvido es necesario y positivo porque no podríamos vivir si recordáramos todo lo que hemos vivido. El verdadero nepenthés que ayuda a sobrevivir al dolor, es el olvido entendido como la fuerza activa natural que nos hace olvidar lo que es demasiado doloroso y gracias a ello podemos crear espacio para nuevos recuerdos.

El olvido es así una fuerza natural; lo que no es natural es la memoria. La pregunta que deberíamos hacernos, considera Nietzsche, es ¿cómo llegó el ser humano a convertirse en un ser capaz de recordar, prometer y responder por el futuro? Nietzsche dice que la tarea de criar un animal que pueda recordar sus promesas fue una de las empresas más largas y terribles de la humanidad. Para lograrlo hubo que volver al hombre calculable, regular y previsible, es decir: fabricar memoria contra la tendencia natural al olvido. Olvidar es lo natural, la memoria es una creación humana.

Nietzsche denuncia que la memoria no ha surgido suavemente mediante reflexión racional, sino mediante una terrible violencia. Lo que debía quedar grabado en un ser humano para que respetara las normas sociales, se grababa con el dolor de las amenazas reales de castigos, mutilaciones, tormentos y crueldades que servían para hacer inolvidables ciertas sus obligaciones. Porque “sólo lo que no deja de doler permanece en la memoria”.

Así a través de su análisis de la memoria y el olvido, Nietzsche desmonta la visión idealizada de la civilización que aprende a ser moral gracias a la convivencia social, y muestra que la responsabilidad moral no nace de una elevación espiritual pura, sino de un larguísimo y doloroso proceso de domesticación y disciplina del cuerpo y de los impulsos humanos.

Porque si bien olvidar es lo necesario y lo natural para vivir, sin memoria no existiría continuidad del yo ni posibilidad de prometer y hacerse responsable.

Con ello, Nietzsche muestra que si bien gracias a la memoria podemos hacer promesas y comprometernos como seres sociales, el costo de ese logro fue terrible: “¡Cuánta sangre y horror hay en el fondo de todas las ‘cosas buenas’!”

La creación de la moral requirió la creación de la memoria: sin memoria no hay moral. Pero una existencia incapaz de olvidar sería una auténtica pesadilla. El olvido —ese nepenthés que alivia el dolor de los mortales— es también una condición indispensable de la vida.

Pocos comprendieron esto tan profundamente como Borges; de ello hablaremos en la próxima entrega.


  • Paulina Rivero Weber
  • paulinagrw@yahoo.com
  • Es licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en temas de Ética y Bioética, en particular en los pensamientos de los griegos antiguos, así como de Spinoza, Nietzsche, Heidegger.
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