En México —y no solo en México— es usual que un delincuente armado rece antes de salir, que un ladrón agradezca a la Virgen haber regresado “con bien” o que un narcotraficante financie una capilla. Todo esto no se vive como contradicción ni necesariamente como hipocresía. Esto abre dos preguntas que deben formularse juntas: ¿cómo puede coexistir la fe con el crimen? Y si puede coexistir, ¿qué dice eso sobre la fuerza moral de la religión?
La tentación inmediata es pensar en la incoherencia, pero el problema es más complejo. En Los hermanos Karamazov, a través de Iván, Fiódor Dostoievski muestra su rechazo a un Dios que permite que el libre albedrío ocasione sufrimiento a seres inocentes, esto es: que la libertad no tenga como límite la prohibición de hacer sufrir a los inocentes. De ahí que en esa novela, Iván formule una rebelión intelectual contra el Dios que permite esa injusticia.
Lo inaudito es que esa solidaridad de Iván con el dolor de los inocentes, lleve a Smerdiákov, el hermano bastardo, a considerar que tiene un permiso práctico para actuar con violencia e incluso asesinar. Dostoievski no sostiene que la ausencia de Dios produzca automáticamente crimen; lo que muestra es aún más terrible: que una idea religiosa puede apropiarse como justificación de cualquier acción cuando la responsabilidad no se asume íntegramente.
Con lo anterior en mente, volvamos a nuestra escena mexicana. ¿Qué ocurre aquí? Tal vez la religión ya no funciona primariamente como estructura normativa —como ley que obliga— sino como refugio afectivo. La Virgen no es tribunal, sino madre. Dios no es fundamento de la obligación, sino Padre. En ese sentido, el crimen cometido no expulsa al sujeto del mundo de la religión; puede haber culpa, pero a través del cura, Dios, en su infinita misericordia, perdona: no hay ruptura. Con ello se olvida que la teología exige tres condiciones para el perdón —arrepentimiento, propósito de enmienda y reparación del daño—. Pero cuando el perdón se automatiza, la capacidad humana de trivializar transforma el perdón en mero trámite burocrático.
¿Puede una religión sobrevivir cuando deja de estructurar la acción moral y solo ofrece consuelo? Puede. De hecho es lo más usual; la religión es engullida por la cotidianidad y se convierte en mero justificante acomodaticio para cualquier acción. La fe deja de ser fe, para ser mera conveniencia pragmática: el individuo actúa como quiera: Dios o la Virgen, perdonan.
No es que el ateísmo haya vaciado el mundo de sentido: es que la fe misma se ha adaptado para servir como fundamento para cualquier tipo de acción, como sucede con cualquier fanatismo.
El problema no es que existan criminales creyentes, sino que una estructura eclesiástica secular, haya contribuido en su creación y les dé cabida.