Para Fran
Hay una anécdota de la vida de Bertrand Russell que desde que la leí me impactó y a lo largo de mi vida le he encontrado diversos matices. Él tenía una vecina que se distinguía por su poca consideración a los demás, por su mal humor y su indiferencia. En una visita a un hospital de heridos de la Segunda Guerra Mundial, encontró a su vecina como ayudante de enfermería, transformada en una mujer servicial, amable, incansable. Cuando se reconocieron, la mujer le dijo que esa guerra le había hecho comprender muchas cosas que le habían dado un sentido a su vida. Russell, en su pedante y helado estilo inglés, le respondió: “Qué lástima que haya tenido que ocurrir una guerra para que usted encontrara el sentido de su vida”.
La primera vez que la leí pensé que Russell tenía razón, pero algo me quedaba bajo la alfombra y no sabía qué era. Con el tiempo me di cuenta de que hay personas a las que ni una guerra vivida en carne propia las hace cambiar. Entonces Russell me pareció una fría rana inglesa, como decía Nietzsche, un individuo seco, un tanto insensible y cerrado ante el mínimo atisbo de luz.
Lo que terminó por dar sentido a esta anécdota fue un video de un hombre que, por su vestimenta, no parecía un monje budista pero sin duda es un hombre sabio. En el video se refiere a la pregunta que un alumno le hizo el día anterior, a saber: “He seguido todas sus pláticas, he puesto todo para aprender cuanto he podido y mi vida no ha cambiado, ¿cómo puedo cambiar mi vida?” El hombre sabio dice que quiere regresar a esa pregunta y explica lo siguiente, que ahora expreso en mis propias palabras: ¿Qué tiene que ocurrir para que la vida de una persona cambie? La mayoría de la gente cambia a raíz de un suceso devastador: la pérdida de un ser amado, un divorcio, una guerra, una catástrofe natural. La sabiduría consiste en poder adelantarse a esos sucesos, en no requerir ninguno de esos eventos para adquirir la sabiduría que requiere cambiar nuestras vidas.
De modo que en cierto sentido Russell tenía razón: qué poco sabia fue esa mujer en su vida que requirió de una guerra mundial para cambiar. Pero insisto: a muchas personas ni una guerra les hace abrir los ojos. Lo ideal sería, como dijo aquel monje que no vestía como monje, poder cambiar sin requerir de eventos catastróficos que nos empujen a hacerlo.
Para ello se requiere tiempo, silencio, pensar meditativo y soledad. Hay soledades, dice Nietzsche, en las que no se vegeta, se madura, y para eso se requiere el Sol de amigo. El Sol, que nutre la planta, es aquí metáfora de lo que nutre a una persona. Para Nietzsche ese nutriente es la amistad que respeta y hasta cuida nuestros tiempos, nuestros silencios y soledades.
Por eso a un amigo se le ama desde la médula de los huesos, su dolor es tan nuestro como lo es su bienestar. Ante su dolor nos postramos para implorar: ¡sana! Y su bienestar… ese es siempre compartido como un día soleado.