Por el año 1436, más o menos, Tomás de Arezzo, que estudiaba griego en Constantinopla, descubrió en una pescadería, entre los papeles que se usarían para envolver el pescado que se vendía, un códice que contenía veintidós obras griegas, algunas atribuidas erróneamente a san Justino mártir.
Una de ellas era un documento desconocido hasta entonces por los estudiosos, dirigido a un tal Diogneto, que quería conocer la religión de los cristianos. Se trataba de una obra apologética (es decir, en defensa de la fe) que habría sido compuesta hacia finales del siglo II y que se conocería desde entonces como Epístola a Diogneto, o Carta a Diogneto.
El contenido de este documento es sumamente interesante, en especial cuando explica cuál es el papel de los cristianos en el mundo. Obviamente su valor como testimonio del cristianismo primitivo es muy notable, especialmente por la madurez en la reflexión que nos permite leerla en nuestros días con mucho provecho, no solo individual, sino social.
La Epístola a Diogneto afirma que "los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres". Esto, si por una parte nos indica la igualdad de los hombres en la diversidad de sus lenguas y culturas, por otra hace ver que los cristianos viven de acuerdo a su fe.
La Carta continúa diciendo que los cristianos viven en ciudades griegas y bárbaras, que obedecen las leyes, y aún las superan con su conducta, que aman a todos y todos los persiguen. Concluye: "los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo.
El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo.
El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres".
Una bella forma de expresar el ideal cristiano. Hoy en día deberíamos poder decir algo semejante y buscar siempre el bien común.
Pedro Miguel Funes Díaz