La fe en el progreso

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En su encíclica “Spe salvi”, Benedicto XVI presentaba en un muy rápido recorrido algunos de los pasos que en la historia y el pensamiento permiten comprender cómo se abandonó la idea comunitaria de la salvación cristiana y se impuso una nueva fe, la fe en el progreso y en la ciencia, quedando la fe cristiana relegada al ámbito privado y ultramundano.

Recuerda primero a Francis Bacon, considerado el padre del empirismo filosófico y científico, con quien, en el siglo XVII, se pusieron las bases para que no se esperara de la fe, sino de la correlación apenas descubierta entre ciencia y praxis, dando lugar a la fe en el progreso, que hemos mencionado.

Se señala en la encíclica que el centro de la idea de progreso propuesta entonces eran la razón y la libertad. A partir de entonces se tendría que esperar el reino de la razón como la nueva condición de la humanidad, que así llega a ser totalmente libre, todo esto en contraste con los vínculos, que se consideraban superados, de la fe y de la Iglesia.

En este camino se sitúa la Revolución francesa, que fue el intento de instaurar el dominio de la razón y de la libertad. Kant, el famoso filósofo de lengua alemana, comentando esta revolución, en 1792 escribe la obra “La victoria del principio bueno sobre el malo y la constitución de un reino de Dios sobre la tierra”. El título claramente da a entender que se planteaba una esperanza intramundana y que usa los términos “reino de Dios” precisamente en este sentido, contrapuesto a la “fe eclesiástica” que es superada y reemplazada por la “fe religiosa”, que es en realidad la simple fe racional.

Pero el mundo no se convirtió en el paraíso. Se formó la clase de los trabajadores de la industria y el así llamado “proletariado industrial”, cuyas terribles condiciones de vida ilustró Friedrich Engels en 1845. Había llegado la hora de una nueva revolución, la proletaria. Marx trató de encauzar el paso nuevo y definitivo de la historia hacia la salvación a través de la política e indicó cómo lograr el cambio; pero no dijo cómo se debería proceder después, aunque había hablado de la fase intermedia de la dictadura del proletariado. Sin embargo, afirma la encíclica, esta fase, “en lugar de alumbrar un mundo sano, ha dejado tras de sí una destrucción desoladora. Ha olvidado al hombre y ha olvidado su libertad”.

En la idea de progreso sin duda hay una ambigüedad que la historia ha hecho patente y la vuelve a hacer patente hasta nuestro siglo XXI. Volveremos sobre este tema.


  • Pedro Miguel Funes Díaz
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