Lo más básico para una buena sociedad está en la bondad de sus miembros. Si queremos una mejor ciudad lo primero con que hay que contar son buenos ciudadanos y lo mismo dígase de una aldea o de la sociedad internacional. De manera análoga, con la misma meta se necesitan mejores familias. Así, resulta que la construcción de la sociedad comienza en que cada uno procure ser mejor y mejore su familia.
Partiendo de esa base, en la actualidad generalmente se considera que una persona se encuentra, a partir de cierta edad, en la situación de estudiar o en la de trabajar, aunque suele darse con frecuencia que alguien se ubique en las dos situaciones al mismo tiempo. Aunque existen muchas y diversas posibilidades, lo que me interesa destacar ahora es que ambas actividades nos llevan al establecimiento de múltiples relaciones con otras personas.
Prácticamente en cualquier escuela o trabajo rebasamos los límites de lo familiar y nos ubicamos en un contexto social más amplio y ciertamente necesario, en el que se desarrollan nuevos vínculos y surgen amistades y dependencias laborales, educativas, comerciales.
Si volvemos a la pregunta de qué hacer para mejorar la sociedad, a este nivel se ve claro que un campo muy extenso de desarrollo lo hallamos cerca de nosotros, en el ambiente en el que nos encontramos. Se presentan así, diariamente, oportunidades de actuar solidariamente, promover la justicia, colaborar para el bien común, ayudarnos unos a otros en los problemas que cada día tiene que enfrentarse, a más de cumplir con responsabilidad los deberes propios.
La competencia entre personas y grupos puede ser un aliciente en ciertas ocasiones para mejorar en algo, sin embargo, no es la más alta de las motivaciones, pues sobre ella está el respeto, la lealtad, el compañerismo, la empatía y muchas otras virtudes. Si la solidaridad primera se espera en el nivel familiar, indudablemente su extensión a los ámbitos extra-familiares de la escuela y el trabajo nos puede poner en el camino de una solidaridad cada vez más amplia.
La solidaridad de la familia se apoya en la percepción y la conciencia de un origen común y de un bien al que aspirar en conjunto dentro del mundo. La solidaridad con quienes encontramos en el campo de trabajo o de estudio requiere igualmente que captemos un vínculo de origen cuya huella se encuentra en la igual condición humana que compartimos y en el deseo de alcanzar el bien propiamente humano.