Elecciones complejas

Ciudad de México /
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Todos los días ocurre una elección global de grandes dimensiones. No hay urnas, ni candidatos, pero se mueven millones de dólares. La elección ocurre en el mercado de divisas, Forex o mercado cambiario. Una divisa es, en el fondo, una promesa y la confianza en su aceptación futura y en la credibilidad de las instituciones responsables de respaldarla. Dicha promesa se sustenta en las expectativas sobre tasas de interés, inflación, crecimiento, riesgo y confianza del país dueño de la moneda.

La moneda vale según lo que permite comprar. Y en este sentido, si el mismo bien puede adquirirse en dos países y no existen costos de transporte, barreras comerciales ni otras fricciones, su precio debería ser equivalente. Los tipos de cambio deben tender, al menos en el largo plazo, hacia niveles acordes con los precios de los productos similares en cada país. En la práctica, sin embargo, pueden alejarse de esa referencia, generando una brecha entre su poder adquisitivo y su valor en el mercado.

La brecha se ilustra mejor analizando los precios de un producto global y estandarizado como una hamburguesa. En este 2026 se cumplen cuarenta años de la primera publicación del Big Mac Index desarrollado por la revista The Economist. El índice parte de la premisa de que una hamburguesa Big Mac de McDonald’s es la misma sin importar en cuál, de los más de cien países donde tiene presencia la marca, se compre: mismos ingredientes, preparación y experiencia. Su precio, pese a ello, dista de ser uniforme. ¿Por qué, si el producto es idéntico, cuesta más en unos países y poco en otros? Parte de la respuesta se encuentra en los costos locales; otra, en el valor relativo de las monedas.

A precios de julio de 2026, una Big Mac costaba 6.22 dólares en Estados Unidos. Al hacer la conversión a francos suizos se obtenían 5.02 francos. El precio de la misma hamburguesa en Suiza es de 7.30 francos, señal de un franco sobrevaluado. En Taiwán ocurría lo contrario. Esos mismos 6.22 dólares permitían comprar alrededor de dos hamburguesas y media, reflejo de una moneda subvaluada. México ofrece un caso distinto. Una Big Mac costaba en julio pasado 109 pesos, equivalentes a unos 6.27 dólares, casi en paridad con su vecino del norte.

Esa aparente paridad peso-dólar no significa ausencia de movimientos y obedece a distintos factores. El peso se fortaleció durante 2026, llegando a cotizar por debajo de 17 pesos por dólar, acumulando una apreciación cercana a 20 por ciento desde enero de 2025. Detrás del llamado “superpeso” aparecen un dólar más débil, tasas mexicanas todavía atractivas y flujos de corto plazo en busca de rendimiento.

Las monedas no cotizan sólo según su poder de compra, sino también por las expectativas de rendimiento. Cuatro fuerzas ayudan a explicar esto. La primera es el diferencial de tasas. En Japón, una tasa cercana a 1 por ciento frente a 3.5 por ciento en Estados Unidos incentiva financiarse en yenes e invertir en dólares, presionando el yen a la baja. La segunda son los flujos de capital y la búsqueda de refugio. El franco suizo puede parecer caro conforme a la paridad de poder adquisitivo y aun así mantenerse demandado por su estabilidad institucional, bajo endeudamiento y seguridad.

La tercera fuerza es política. China, Japón y otras economías asiáticas toleran monedas débiles porque favorecen a sus exportadores; Taiwán es un caso claro. La cuarta son los desequilibrios macroeconómicos. China combina una moneda subvaluada con un enorme superávit comercial; mientras Estados Unidos mantiene déficits fiscal y externo significativos y, aun así, emite la moneda que el mundo entero quiere poseer.

En este escenario los gobiernos toman medidas no tradicionales. En 1985 un dólar fuerte, aunado a grandes desequilibrios comerciales y a la presión sobre las monedas asiáticas, llevaron a Estados Unidos, Japón, Alemania occidental, Francia y Reino Unido a coordinarse en el evento conocido como el Plaza Accord. El objetivo: debilitar al dólar. Hacia finales de 1987 la moneda estadunidense había caído alrededor de 30 por ciento frente a las divisas de sus principales socios.

Hay un eco claro en lo ocurrido con el yen a finales de julio de este año, después de que llegara a su nivel más débil en cuatro décadas. Japón y Estados Unidos realizaron una particular intervención comprando yenes para fortalecer esta moneda y detener su depreciación, la cual causaba ya inestabilidad.

El caso se trata de una excepción porque el escenario resulta mucho más complejo. El mercado cambiario mundial es 60 veces mayor que en 1985, lo cual reduce la capacidad relativa de los gobiernos para influir en él. Además, cualquier acuerdo moderno necesitaría a China, el actor menos dispuesto a repetir la experiencia del Plaza Accord. A ello se suma una paradoja adicional: el dólar puede seguir fortaleciéndose en el corto plazo mientras crecen las dudas sobre la sostenibilidad de su hegemonía en el largo plazo.

La fortaleza o debilidad de una moneda por sí sola revela poco sobre las fuerzas detrás de su valor. Por eso hablar de una moneda “cara” o “barata” es apenas el comienzo de la historia. Lo importante es entender cómo llegó hasta ahí, quién se beneficia, quién asume el costo y cuáles cambios podrían afectarla. El momento actual lo demuestra bien. Mientras el yen y el yuan parecen baratos y el dólar conserva su fortaleza, gobiernos y bancos centrales vuelven a intervenir y a cuestionar desequilibrios cambiarios que recuerdan al pasado, aunque hoy resulten elecciones complejas en el mercado de divisas.


  • Pilar Madrazo Lemarroy
  • Académica e investigadora en la Facultad de Economía y Negocios de Universidad Anáhuac México, sus líneas de investigación están relacionadas con la industria Fintech, finanzas conductuales e inversión con impacto.
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