En un reciente memorándum dirigido a inversionistas, Howard Marks (co-chairman de Oaktree Capital Management) plantea una reflexión interesante: un millón de dólares se puede gastar a la velocidad de un dólar por segundo en 11.6 días; un billón de dólares (mil millones mexicanos) a la misma velocidad, en 31.7 años; en cambio un trillón de dólares (un billón mexicano) implica gastar un dólar cada segundo durante 31 mil 700 años. Hoy existen empresas como Nvidia, productora de chips para la Inteligencia Artificial (IA), cuyo valor en los mercados financieros es cercano a los cinco trillones de dólares ¿Cómo entender la magnitud de ese valor y el tiempo que se requiere para agotarlo?
Una de las razones se explica con la ubicuidad ineludible de la Inteligencia Artificial. Cantidades inmensas de dinero volcadas en los mercados financieros, promesas de trabajos más eficientes con reducción de costos; y un entusiasmo exacerbado de los inversionistas. Alrededor de esta innovación, existen redes complejas de acuerdos, negociaciones y hasta, economías circulares: Nvidia anunció recientemente una inversión de 100 mil millones de dólares en OpenAI, dinero que terminará regresando a las arcas de Nvidia a través del uso de su propia infraestructura. ¿Se trata de una nueva burbuja financiera?
Una burbuja puede formarse cuando existe la expectativa de beneficios futuros tan atractivos que termina alimentando la especulación. La historia económica ofrece numerosos ciclos de este tipo, pero rara vez es evidente cuando se está dentro de una. Incluso si se sospecha la existencia de una burbuja, anticipar el momento de su estallido resulta difícil.
La taxonomía reciente propone distinguir dos tipos de burbujas. Por un lado, las burbujas productivas, surgidas alrededor de cambios tecnológicos capaces de alterar la trayectoria del crecimiento. Por otro lado, aquellas alimentadas a partir de espejismos de rentabilidad sin riesgo, sin una propuesta de progreso real para la humanidad. La burbuja ferroviaria, en los años cincuenta del siglo XIX, fue una de las más productivas en Estados Unidos y dio lugar a la creación de numerosas empresas. Sin embargo, la burbuja de las hipotecas subprime ya en los primeros años del siglo XXI, fue de las que sedujeron a los mercados financieros con promesas vacías.
Esta distinción es fundamental: no todas las burbujas destruyen valor. Algunas pueden entenderse como catalizadores del progreso tecnológico y científico. En virtud de ello, una burbuja puede ser ilusión colectiva o visión compartida que coordina capital, talento y riesgo. Con esta última llega la tolerancia al riesgo, los efectos de red y el FOMO (Fear of Missing Out), ese impulso por no quedarse fuera de la construcción del futuro. La diferencia está en quién paga el costo del avance. Así, resulta razonable anticipar un eventual colapso de la burbuja latente de la inteligencia artificial con características propias de una visión colectiva.
Nadie puede negar el carácter transformador de la IA con un avance rápido y prometedor, cuyos efectos alterarán de forma duradera tanto a la economía, como a la sociedad. Su desarrollo, no obstante, requiere inversiones de una magnitud sin precedentes. Bajo esta lógica, el entusiasmo y la especulación generan ciclos de retroalimentación que, aunque parezcan excesivos en el corto plazo, pueden resultar decisivos para poner en marcha esta innovación tecnológica y social. Casi siempre las nuevas tecnologías se construyen a partir de experiencias, alimentadas por intentos fallidos y en muchos casos costosos errores. Las burbujas permiten concentrar capital y acelerar la experimentación a gran escala, con múltiples ensayos en paralelo.
Algunos analistas sostienen que se trataría de un hecho sin precedentes si el entusiasmo actual por la inteligencia artificial no deriva en una burbuja, tal como lo marca la historia. Es evidente que esta burbuja, como otras, generará pérdidas para quienes la han estado alimentando, porque la novedad vuelve impredecible el momento de su estallido. Por lo tanto, no hay forma de participar plenamente en los beneficios potenciales sin asumir también el riesgo de pérdidas cuando el entusiasmo parece excesivo. Esta vez, además, hay un rasgo distintivo y preocupante: el uso creciente de deuda como financiamiento, el cual incluye recursos sin posibilidad de margen de error, capaces de amplificar los costos una vez extinguido el fervor.
Cuando nadie puede afirmar con certeza si se está o no ante una burbuja, la única postura razonable parece ser evitar los extremos. La postura de “apostar todo” sin reconocer el riesgo de pérdidas severas es tan imprudente como mantenerse al margen y renunciar a uno de los grandes avances tecnológicos de nuestro tiempo. Una posición intermedia, guiada por la selectividad y el juicio crítico, parece el enfoque más sensato. Conviene recordar, además, la inexistencia de palabras mágicas en las inversiones. Por ejemplo, hoy se habla del “futuro” en términos de centros de datos con la misma convicción utilizada antes para otros activos. Pero los centros de datos, como cualquier infraestructura, son susceptibles a la obsolescencia, podrían escasear o sobrar; sus rentas son capaces de sorprender al alza o a la baja; y resultar altamente redituables, o no.
Invertir con discernimiento en la IA como en cualquier otro activo, exige posturas tradicionales tales como criterio sobrio, comprensión del riesgo y una ejecución cuidadosa. Más allá de los mercados, cabe también reflexionar sobre el significado de esta tecnología para la sociedad. El impacto de la Inteligencia Artificial en el empleo, el sentido del trabajo, la ética y la organización social apenas empieza a vislumbrarse. Tal vez ese sea el debate por atender, y el más incómodo cuando las cifras colosales siguen dominando la conversación.