Zombis en la economía

Ciudad de México /

Antes de 1700, las economías del mundo eran casi estáticas. El nivel de vida promedio de las personas no cambiaba de fondo. La mayoría vivía materialmente en las mismas condiciones que sus antepasados siglos atrás. Esto, a pesar de los avances importantes en agricultura, navegación, manufactura y ciencia; incluso ya existía la imprenta. Más tarde, la Revolución Industrial cubrió de humo las fábricas de Gran Bretaña y luego de Norteamérica, Europa, Japón y China. Entre 1800 y 1870, por ejemplo, la economía del Reino Unido se duplicó en tamaño, y desde entonces las economías han seguido creciendo a mayor velocidad. ¿Qué impulsó el despegue del crecimiento económico?

Algunos estudiosos consideran esta pregunta como una de las más importantes de la teoría económica, pero también como una de las más difíciles de responder. Sin embargo, el profesor Joel Mokyr de la Northwester University y premio Nobel de Economía 2025, nos revela algunas respuestas a esta inquietante cuestión. Mokyr sostiene que la innovación por sí sola no basta para romper el estancamiento secular. Hace falta algo más profundo: el conocimiento útil (useful knowledge). No se trata sólo de inventar artefactos, sino de construir una cultura que valore la comprensión científica detrás de ellos. Basta pensar en la máquina de vapor. Su desarrollo no dependió únicamente de la creatividad técnica, sino del entendimiento acumulado sobre presión, termodinámica y materiales.

Los otros dos galardonados con el Nobel 2025, Philippe Aghion (Profesor en el Collège de France) y Peter Howitt (Profesor emérito de Economía en Brown University), contribuyen a la respuesta a través de un modelo que explica cómo las empresas innovan no sólo para crear nuevos mercados, sino para destruir los antiguos, rescatando así el concepto de destrucción creativa de Joseph Schumpeter, considerado el padre del emprendimiento moderno. Juntos, los tres ofrecen una clave un tanto incómoda para leer el presente: sin ideas abiertas y sin competencia capaz de dar entrada a nuevas empresas y desplazar a las incumbentes, el crecimiento hoy celebrado puede estar construyendo, en silencio, su propia fragilidad.

De acuerdo con datos de The Economist, en los últimos cuatro años el mundo ha sobrevivido a tasas de interés altas, crisis bancarias, guerras comerciales y conflictos armados. Aun así, entre 2022 y 2024 la economía global creció, en promedio, 3 por ciento anual, y todo indica que este año repetirá la cifra. El desempleo en los países de la OCDE, los cuales concentran cerca del 60 por ciento del PIB mundial, se mantiene en mínimos históricos; y en el tercer trimestre de 2025 las utilidades corporativas globales aumentaron 11 por ciento, su mejor desempeño en tres años. Salvo el tropiezo provocado por los confinamientos de Covid-19, el mundo no ha visto una recesión desde hace más de 15 años.

Sin embargo, esa estabilidad prolongada también tiene efectos. Cuando nada se quiebra, nada nuevo encuentra espacio para surgir. Igual a un “detox” en el cuerpo, una recesión podría liberar talento y capital atrapados en actividades de poco valor. No es casual para muchas grandes compañías como Apple y Microsoft en los setenta y Uber en 2009, haber surgido en plena crisis. Investigadores del MIT y de la Universidad de Columbia mostraron en los noventa, que las recesiones funcionan como una limpieza profunda del sistema productivo, pues empujan a retirar técnicas y desplazar organizaciones incapaces ya de aportar valor, y abren el camino a nuevas empresas y procesos, los cuales a través de la innovación se han hecho más eficientes.

La falta de recesiones se debe a la protección permanente de los gobiernos. Como resultado, el capital y el trabajo quedan atrapados en actividades de baja productividad, y en ese entorno proliferan las empresas zombis. Estudiadas por diversos académicos, estas zombis apenas generan lo suficiente para cubrir salarios e intereses, pero no para invertir o crecer. Su presencia ha aumentado de 6 por ciento en 2000 a 9 por ciento en 2021 y todo apunta a un continuo crecimiento en los próximos años. Las sostienen condiciones demasiado benignas, tales como bancos extendiendo créditos sin exigir mejoras, gerencias sin presión por ajustar costos; y trabajadores permaneciendo en sus puestos por falta de alternativas.

La idea sobre el impulso dirigido a la productividad sólo de las grandes empresas es otro malentendido común. Es cierto que las grandes organizaciones suelen ser más eficientes, pero su existencia misma proviene de un proceso previo. Cuando eran pequeñas e innovadoras tuvieron la oportunidad de entrar al mercado, crecer y desplazar a las antiguas. Basta mirar al mercado estadunidense donde de las diez mayores firmas actuales, casi ninguna existía hace medio siglo.

La aportación de Mokyr, Aghion y Howitt es clara: el progreso sostenido requiere instituciones capaces de impulsar la circulación del conocimiento y la renovación permanente de la base productiva. Todo esto sugiere abrir espacio a nuevas empresas, no a mantener artificialmente a las que ya no aportan valor. Destruir para innovar, en el sentido schumpeteriano, y no sostener zombis, garantiza una trayectoria económica mejor orientada hacia el futuro.

Dra. Pilar Madrazo Lemarroy, profesora-investigadora de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Anáhuac México


  • Pilar Madrazo Lemarroy
  • Académica e investigadora en la Facultad de Economía y Negocios de Universidad Anáhuac México, sus líneas de investigación están relacionadas con la industria Fintech, finanzas conductuales e inversión con impacto.
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