El pasatiempo más hermoso de la humanidad

Estado de México /

“Soy una persona anticuada que cree que leer libros es el pasatiempo más hermoso que la humanidad ha creado”, afirmaba con lucidez la Nobel Wisława Szymborska (1923-2012). Sobra decir que comparto su punto de vista, porque en esa aparente sencillez de su frase se esconde una verdad asaz profunda: el contacto con la literatura —ya sea a través de la narrativa, la poesía o el ensayo— es una de las experiencias más vibrantes y enriquecedoras en la formación del ser humano. Esta práctica no solo satisface nuestra necesidad ancestral de habitar relatos, sino que nos sumerge en un lenguaje que, partiendo de lo cotidiano, se eleva mediante recursos y soluciones expresivas cuya orientación nos muestra hasta qué punto el idioma puede capturar la luz de nuestra mirada y la vibración exacta de nuestra experiencia interna.

Y lo mejor: este deleite no se agota en la contemplación estética; por el contrario, trasciende la frontera del lenguaje impreso para sacudir nuestra imaginación crítica; en ese punto, la lectura se convierte en una seducción intelectual que nos emplaza a confrontar nuestras propias ideas, muchas veces instaladas cómodamente en la rutina, con las reacciones emocionales y el pensar de otros. Al familiarizarnos con circunstancias ajenas pero extrañamente coincidentes con las nuestras, la literatura nos dota de una experiencia liminal para intervenir en la realidad, al tiempo que fomenta tolerancia genuina hacia la alteridad.

Que quede claro: a contrapelo del elegante descuello que supone leer, es preciso despojar a este hábito de cierto mito de superioridad moral: no nos hace automáticamente mejores personas ni nos otorga una estatura moral más alta. El ejercicio de leer es, ante todo, una satisfacción individual y una elección personal que depende, en gran medida, de aquello que decidamos conocer a través de las palabras escritas o escuchadas, ya que la riqueza de este universo radica precisamente en su inabarcable diversidad, en cuyo espectro conviven las fantasías de la ciencia ficción con el rigor de la crónica histórica, y el compromiso del teatro social con la brevedad punzante de un microcuento de apenas dos líneas…

Más allá de los géneros, el perfil del lector ha mutado con los tiempos: ya no es solo aquel ser que busca el aislamiento de un rincón silencioso para consumir libros, sino un sujeto dinámico que encuentra la palabra en cualquier resquicio de su jornada. Hoy, el lector aprovecha la pausa de un trayecto en el transporte público o el fulgor de su teléfono móvil para sumergirse en páginas web, hilos de micromensajería o el contenido de un correo electrónico, y salir de ahí con una experiencia lectora sin par.

En este escenario, sea a través del papel o la luz, el corazón de la experiencia permanece intacto: es el ser humano quien descodifica ese entramado de signos para transformarlos en una vivencia de alegría, congoja o pérdida. Esa sed indefinible de querer leer más es lo que define un hábito que deberíamos abrazar con urgencia, pues nos permite el placer inagotable de comprender el mundo en que vivimos a través de las palabras pensadas y escritas por otros, “los otros que no son si yo no existo”, como bien lo expresó el poeta mexicano Octavio Paz (1914-1998) hace ya 69 años.


  • Porfirio Hernández
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