Escribir en silencio

Toluca /

Es célebre ya el inicio de aquella fabulación del escritor mexicano Salvador Elizondo (1932-2006) titulada “El grafógrafo” (1972):


“Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía.”

Ad infinitum. Escribir puede llegar a ser un ejercicio sin fin de la imaginación, pero lograrlo implica no solo preparación, sino sobre todo concentración. A eso se refiere Haruki Murakami (1949) al comunicar que prefiere ser excluido de los finalistas a obtener el Premio Nobel alternativo de Literatura de la New Academy, que lo cuenta junto al autor británico Neil Gaiman; Maryse Condé, nacida en Guadalupe, y Kim Thúy, nacida en Vietnam.

El ruido de los medios, la irrupción de opiniones públicas y juicios sobre su vida que rodearán a quien obtenga el primer galardón posterior al tradicional Premio Nobel de Literatura, serán, afirma, un distractor de lo que para él es más importante: escribir. Verse escribir, quizás.

Una satisfacción mayor, seguramente, que quizás no comprendamos si acaso nunca la hemos vivido. Escribir como una necesidad vital, como un hábito del pensamiento, tal como el escritor inglés E. M. Forster (1879-1970) decía de sí mismo, al justificarse por no conceder entrevistas: “¿Cómo voy a saber lo que pienso si no lo leo?”

Escribir por el deber de hacerlo, apartado del fragor del mundo, a la manera en que un monje de abadía se separa para emprender la transcripción de las Sagradas Escrituras en devoto silencio, y apartar así toda tentación del Espíritu del Mal traducida en una errata que le obligue a comenzar de nuevo.

Escribir, por ejemplo: / ”La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”, como nos lo dijo Pablo Neruda en versos que aún nos desvelan en ciertas horas de sociego y luz… Escribir, escribir, escribir.

Como sea, Haruki Murakami se ha ganado mi respeto. Terminé de leer con cierto excepticismo “Tokio Blues”, “Sputnik, mi amor” y “After Dark”, incluso me sentí dispuesto a conocer su colección “Hombres sin mujeres”, pero hasta ahí. Confirmo ahora que nunca encontraré ahí mis inolvidables horas con Yukio Mishima (1925-1970), Milan Kundera (1929) ni Paul Auster (1947), por decir, pues no están en la misma escala. Pero qué refrescante es saber que Murakami se toma escribir como un genuino oficio de conocimiento. Al cabo que hay lectores para todo.

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  • Porfirio Hernández
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