A finales de 2018 decidí emprender la lectura de la Ilíada y la Odisea, las obras inmortales de Homero que, se presume, vivió en el siglo X o en el siglo VIII antes de Cristo.
Ambas obras son fundadoras de la literatura occidental, por la compleja gama de recursos lingüísticos y literarios y su valor referencial en toda la literatura posterior, hasta nuestros días.
Adopté esa decisión animado por la iniciativa #Homero2019 que en Twitter propicia el intercambio de libros, citas, traducciones e información relacionada que enriquece la lectura de estos títulos.
Una de las primeras interrogantes alrededor de la Ilíada y la Odisea es si realmente existió Homero.
El mayor traductor al español de la obra completa atribuida al aeda, don Luis Segalá y Estalella, quien realizó esa empresa a principios del siglo XX, es una de las voces más autorizadas en nuestra lengua para despejar esa incógnita.
La antigüedad creía que Homero era un aeda connotado cuya vida se plasmó en ocho biografías que no sólo dan cuenta de los rasgos personales de tan paradigmático autor, pero cuyo valor primordial es que describen el desarrollo de la poesía épica, primer antecedente de la narrativa de nuestro tiempo.
A Homero se le atribuyen viajes a los escenarios de la Ilíada y la Odisea, hasta que, afectado por la ceguera, se retira a la región de la Fócide a escribir estas obras.
En el siglo V a.C. Platón y Aristóteles estudiaron las obras y comenzaron a cuestionar el estilo de su legítimo autor, luego de encontrar que entre ambas obras había una arquitectura diferente.
Los estudiosos de la escuela de Alejandría abundaron en esas dudas; de este los críticos, Longino estableció que entre ambas obras debió mediar una vida creativa: la Ilíada es claramente, dijo, una obra de juventud, en tanto que la Odisea, de la vejez.
El escepticismo sobre la existencia de Homero llegó en 1725 con Giovanni Battista Vico, quien sostuvo que Homero era “el eco de una mera abstracción”, pues en realidad representaba la voz de la antigua Grecia, y de ahí en adelante: el escritor Federico Augusto Wolf, el abate François Hédelin y muchos otros cuestionaron no sólo la existencia del autor, sino incluso la hechura a sus ojos deficiente de las obras, ya fuera por su estructura, ya por su métrica y rítmica. Concluían que fue el tirano ateniense Pisístrato a quien se debía la conjunción de los dos títulos hoy así conocidos.
Esa idea, que no fue desmentida en su tiempo, fue la base del escepticismo de numerosos críticos literarios del siglo XIX, quienes sostuvieron que bajo el nombre de Homero en realidad se agrupa un conjunto de recitadores, historiadores y literatos que articularon esa obra, y que la Ilíada y la Odisea son sólo un conjunto de capas literarias adicionadas con numerosos recursos que articulan una sola historia en cada una a lo largo del tiempo, tesis que aún se discute hoy.