El mercado de la autoayuda, tan extendido en estos días, ha secuestrado la clínica psicológica en temas tan relevantes como el llamado “amor propio”. Hoy nos parece que cualquier incomodidad en el trato con otra persona es un síntoma de toxicidad que exige amputación inmediata, pues eso equivale a expresar madurez emocional, “soltar” y no aferrarse.
En otro tiempo, retirarse al primer roce podía significar incapacidad para tolerar la frustración. Pero no, hoy hemos diseñado una arquitectura relacional con tolerancia cero al fallo humano, y como resultado hemos generado una multitud de solitarios atrincherados detrás de sus propios límites, rodeados de espejos a los que les hablan bonito para no enfrentar el vértigo de quien piensa, siente o actúa distinto.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lo advierte en La expulsión de lo distinto (Herder, 2017): el sujeto contemporáneo ha abolido la negatividad de la alteridad. Hoy, el Otro —que por definición escapa a mi control, me contradice, se equivoca y su sola presencia exige de mí un esfuerzo de traducción y ajuste— ha sido reemplazado por lo que él llama el “infierno de lo igual”, es decir la satisfacción de mantener vínculos de aparador, programados para validar nuestro narcisismo, sin devolver jamás una áspera arista de mí.
La cultura del consumo ha hecho, por su parte, el trabajo complementario: traslada los afectos a la lógica de mercado del úsese y tírese (use and throw away); hoy tratamos al amigo o a la pareja como un electrodoméstico: al primer desperfecto operativo, en lugar de asumir el costo de comprender la falla y repararla, exigimos la devolución o desechamos el producto (Zygmunt Bauman dixit)
Esta intolerancia al error parte de una ceguera que yo llamaría ontológica: confundir el accidente con el carácter. En su Ética nicomaquea, Aristóteles distinguía las amistades utilitarias o placenteras de la amistad perfecta, aquella que se funda en el ethos, en la consistencia moral probada a través del tiempo. Quien comprende esta distinción sabe separar un desatino circunstancial de una intención maliciosa. Los seres humanos somos sistemas abiertos, vulnerables al cansancio, la torpeza y el juicio erróneo; juzgar la totalidad de una persona por un tropiezo aislado —mientras nos reservamos para nosotros mismos todas las justificaciones y atenuantes posibles— no es celo ético, sino soberbia. Si aplicáramos sobre nuestras propias espaldas el rigor inquisitorial con el que cancelamos a los demás ante un malentendido, ninguno de nosotros merecería conservar un solo afecto.
En la Teoría de Juegos (especialmente en las aportaciones de Martin Nowak y Karl Sigmund) existe una estrategia llamada Grim Trigger (gatillo implacable), que consiste en cooperar hasta el primer fallo del otro y, a partir de ese instante, no volver a perdonar jamás (el equivalente exacto a “cortar por lo sano” al primer roce). En sistemas con ruido (como los sistemas sociales), esta estrategia es evolutivamente suicida porque en cuestión de tiempo termina aislada y en guerra con la totalidad de la población.
En sus célebres simulaciones sobre la evolución de la cooperación, Robert Axelrod demostró por su cuenta que los sistemas basados en la reciprocidad estricta colapsan inevitablemente cuando aparece el “ruido”: el error involuntario, el mensaje malinterpretado, la falla no intencional. Sin un margen programado de absorción del error, un solo tropiezo fortuito desata una espiral irreversible de represalias mutuas que destruye a ambas partes.
En el plano de la filosofía política, Hannah Arendt llegó a la misma conclusión por otra vía: dado que la acción humana es irreversible e impredecible, nadie sabe del todo lo que hace cuando actúa; por ello, el perdón y la promesa son las únicas facultades capaces de salvarnos de quedar encadenados para siempre a un solo error del pasado. Por supuesto, no se trata de abogar por el masoquismo relacional ni de extender cheques en blanco a la alevosía. La frontera es nítida y no admite ambigüedades: se perdona el desacierto, la ceguera momentánea o la torpeza, jamás la voluntad deliberada o el dolo de dañar ni la traición sistemática que rompe el pacto de confianza. Lo que resulta insostenible acaba por revelarse y caer por su propio peso.
Sostener un vínculo a través del tiempo no es un accidente romántico, sino una decisión estructural que exige asumir costos de fricción. Los seres humanos necesitamos recuperar la capacidad de distinguir a aquellos pocos —los que apenas se cuentan con los dedos de una mano— cuya trayectoria de lealtad pesa más que sus desaciertos puntuales. De lo contrario, seguiremos caminando hacia ese páramo de perfeccionistas estériles donde nadie falla porque nadie se arriesga a tocar de verdad al otro: un mundo impecable, aséptico y profundamente inhabitable.