Partitura para el bailador

Estado de México /
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Hay una impostura recurrente en las pistas de baile: confundir el virtuosismo con la gimnasia. Ver a una pareja ejecutar un nudo de brazos a toda prisa mientras la orquesta apenas susurra una estrofa melancólica evidencia un analfabetismo rítmico digno de esta entrega. La música afroantillana, a la que me refiero esta vez, no admite la inercia; interpretarla exige descifrar una arquitectura sonora viva y traducir sus demandas corporales precisas.

Tanto la salsa comercial como la timba cubana se rigen por una estricta tensión modular. En la salsa clásica —heredera del son—, el viaje es gradual. El inicio y el cuerpo de la canción pertenecen al relato: el cantante cuenta una historia, las congas mantienen un tumbao discreto y el bongó susurra su martillo. Pretender aquí un despliegue acrobático es una grosería acústica; el cuerpo pide desplazamiento sereno, paseo y complicidad en pareja.

La ruptura llega con el montuno: el coro fija el estribillo, el sonero improvisa y la campana entra a taladrar el compás; la energía se duplica y la pista exige apertura, giros rápidos o soltarse a marcar pasitos libres; luego, cuando los metales estallan en el mambo, el bailador debe entregar su máxima potencia física. Coronar esta secuencia exige atender las advertencias del timbal: un redoble al cierre de la frase métrica no es adorno, es el aviso de un corte. Seguir girando en mitad de un silencio orquestal destruye cualquier ilusión de estilo; la música pide clavar el eje y congelar el movimiento.

Todo esto vale para la salsa más conocida. Sin embargo, quiero hablarte de su evolución (y de la forma de bailar) más reciente. A finales de los años 80, en una Cuba asfixiada por el Periodo Especial, la música se cansó de la fórmula complaciente. Pioneros como NG La Banda y Los Van Van tomaron el son tradicional y lo fundieron virtuosamente con el funk, el jazz y la crudeza rumbera del solar. Nació la timba, un género hiperpolirrítmico, denso y agresivo que desarmó las reglas de la salsa neoyorquina y puertorriqueña.

En la timba, el paso básico lineal queda obsoleto cuando irrumpe la bomba: la batería impone un bombo pesado, el bajo se ancla y el piano martillea con violencia sincopada. El bailador que intente aquí una vuelta de academia comete un ridículo técnico. La bomba no se gira; se baila pegado, bajando el centro de gravedad y cediendo el protagonismo a la pelvis y el torso en un despelote de pura raíz afrocubana. Cuando la orquesta alcanza la presión, la coreografía debe morir para dar paso a la improvisación orgánica del guaguancó.

En fin, un gran tema. El buen bailador no se mide por la cantidad de vueltas por minuto, sino por su lucidez auditiva; quien no sabe escuchar el módulo en el que está parado, no baila la música: simplemente tropieza sobre ella.


  • Porfirio Hernández
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