La ética en la política

  • De la utopía a la realidad
  • Rafael Palacios

Laguna /

El movimiento por la transformación del país que se hizo partido y ahora es gobierno, se ha propuesto como su objetivo fundamental la transformación profunda del país, no como un concepto abstracto o simplista que se reduzca a una alternancia partidista como fue en el año 2000 con Fox y el PAN, este cambio se tiene que entender en su justa dimensión, más allá de erradicar la corrupción o de dotar de infraestructura decorosa a las ciudades y comunidades, o incluso, va mucho más allá de elevar la calidad de vida de las personas para que todos sin excepción tengan las mismas oportunidades de desarrollo humano en todos los aspectos.

Una de las modalidades de la gran transformación a las que se aspira como movimiento, es la reinstauración de los valores éticos y morales en el colectivo social, que se reconstruya el colectivo social en un ambiente de armonía, para lograr una sociedad humanista, en la que impere la generosidad y solidaridad entre las personas y las familias, haya decencia y honestidad y la vida pública y en el espectro privado de convivencia humana.

Pareciera una utopía, pero hay que voltear a otras latitudes del planeta como la humanidad ha alcanzado niveles de civilización demasiado contrastantes, mientras en unos países la humanidad tiene un confort de vida cotidiana, que su nivel muy avanzado en lo económico, lo educativo, lo cultural, conjugado esto con gobiernos sin corrupción con políticos decentes; en contraparte países que pareciera que la humanidad no hubiese alcanzado la civilización para dotar a núcleos sociales de satisfactores de las necesidades más elementales.

En México, desde que se implementó el modelo neoliberal, que de por sí, de manera natural es una máquina implacable de producción de pobres, combinado con una rapiña de políticos corruptos e insaciables que durante décadas saquearon al país, las consecuencias sociales se padecerán durante varios años que implique revertir los efectos de la descomposición social reflejada en violencia de múltiples modalidades.

Aunque la derecha quiera evadir su responsabilidad con su frase trillada de no culpar al pasado, no se puede soslayar que el arrebatarles oportunidades a jóvenes de estudio, de trabajo, de deporte, de cultura, de recreación provocó que se echaran a perder varias generaciones, se pulverizaron familias y con ello valores morales, regla de conducta, quedó un amplio segmento de la población del país a la deriva, sin posibilidades ni oportunidades de desarrollo, imposible que las consecuencias no llegaran así a recrudecer la realidad de violencia por tanta degradación humana.

Por eso, uno de los activos del dirigente del movimiento hoy presidente de la república es la autoridad política y moral en su actuar político, como gobernante y como persona, durante más de 20 años que se ha enfrentado al régimen, se le ha atacado, calumniado, insultado, difamado pero nunca se le ha demostrado un acto de corrupción, ese fue el principal incentivo para que masivamente los ciudadanos salieran a votar por él.

Su posicionamiento cotidiano por las mañanas, exponiéndose como nunca o ningún otro presidente ante los medios de comunicación, ha irrumpido viejas inercias del gobernante lejano o intocable, inalcanzable ante comunicadores con excepción de los medios a modo, con una explicación permanente de comportamiento ético en el ejercicio del poder político.

Ese el gran reto del partido del movimiento, la conducción ética de sus dirigentes, militantes y simpatizantes, de someterse al escrutinio público en sus historiales políticos y personales, para incidir en instaurar los nuevos paradigmas de hacer política con principios y valores, dejando de lado la marrullería y la mezquindad, la ambición del poder y del dinero por encima de la transformación del país, esa cultura persiste y no es fácil ni rápido de erradicar, pero se tiene que instaurar con el ejemplo de conducta, concordante con la retórica.

Se está teniendo avances importantes en la transformación del país, en el combate a la corrupción e impunidad, en el fortalecimiento a la cultura de respeto a los derechos humanos, se está consolidando el régimen democrático, combatiendo la desigualdad social y la pobreza, el papel de México ante la comunidad internacional más digno que nunca, pero la agenda pública debe poner en el centro de toda actuación este tema de la ética política, desde el gobierno y desde el partido político.

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