“Quien se va de la villa, pierde su silla”, decimos desde niños. En México el refrán se volvió política de Estado: el profesionista que se fue al norte y quiere volver descubre que su silla ya no está — y que nadie construyó otra.
Como cirujano, la imagen que mejor lo describe es la del trasplante. El que retorna es un injerto que vuelve al cuerpo del que salió. Uno esperaría compatibilidad perfecta: misma sangre, misma lengua, misma tierra. Y sin embargo el cuerpo social lo rechaza. En medicina, cuando el organismo rechaza un órgano que necesita para vivir, no nos cruzamos de brazos: administramos medicación anti-rechazo. México no tiene la suya.
Dos hemorragias, no una
Antes de las cifras, una precisión que el “doctor” de cortesía ha vuelto borrosa. Yo soy médico cirujano: mi título de origen es una licenciatura, no un doctorado; ni siquiera la especialidad otorga ese grado. El doctorado —el PhD— es un grado de investigación. Cuando las estadísticas hablan de “mexicanos con doctorado en Estados Unidos” se refieren a científicos, no a médicos de hospital. Son dos hemorragias por vasos distintos, y hay que ligarlas por separado.
La académica es la mayor. Cerca de 150 mil mexicanos con posgrado residen en Estados Unidos; México pasó del noveno al tercer lugar mundial como país de origen de inmigrantes con posgrado, por encima de China. Y el propio Estado financió buena parte de esa fuga: entre 2000 y 2018, el Conahcyt destinó unos 7 mil 630 millones de dólares a becarios que estudiaron con dinero público y no regresaron. Pagamos el cultivo del órgano y luego lo donamos. Cerca de la mitad de los doctorados latinoamericanos formados allá sigue allá diez años después. No vuelven porque no hay a qué volver: medio punto del PIB en investigación y sueldos de la tercera parte.
La fuga médica es más pequeña de lo que aparenta, pero es real y va a crecer. México figura como quinto origen de médicos internacionales con licencia en Estados Unidos; sin embargo, los registros de ciudadanía del Ecfmg revelan que una fracción sustancial de los “médicos formados en México” eran en realidad estadunidenses que vinieron a estudiar a nuestras aulas y volvieron a su país. Depurada esa cifra, la fuga genuina de médicos mexicanos se cuenta hoy en miles, no en decenas de miles. Por ahora: la certificación estadunidense exige desde 2023 acreditación de validez internacional y el Comaem ya la otorga, así que la puerta de salida se abre. La de regreso sigue atrancada por revalidaciones y recertificaciones que tratan el entrenamiento de excelencia como sospechoso. El cuerpo no rechaza al injerto por incompatibilidad; lo rechaza por papeleo.
La academia ha empezado a estudiar el fenómeno con trabajos valiosos. Me voy porque me voy, de las economistas Laura Vázquez Maggio y Lilia Domínguez Villalobos (UNAM, 2023), documenta algo que debería incomodarnos: muchos profesionistas no huyen del salario sino de la falta de contactos, del compadrazgo que pesa más que el mérito. Pero en sus páginas los médicos brillan por su ausencia. Y Camelia Tigau (Cisan, 2020) aporta descripciones muy válidas de médicos mexicanos en Texas. Ambas obras abren brecha; el paso que falta es llegar al médico de trinchera, el de las comunidades pequeñas y la franja fronteriza. El libro sobre la fuga médica mexicana está por escribirse.
Pistas de aterrizaje
Corea del Sur enseña la secuencia correcta. En los años sesenta, menos de 10 por ciento de sus doctorados regresaba. Primero construyó las pistas de aterrizaje —el KIST, sueldos de aristócrata, autonomía de investigación— y sólo entonces el retorno se volvió masivo: dos tercios de los doctorados de los ochenta volvieron a casa. A la diáspora restante no le exigió regresar: la convirtió en red de consultores.
México sí tiene pistas de aterrizaje, pero son pocas y están mal pavimentadas: cátedras escasas, plazas congeladas, programas de repatriación sin presupuesto de continuidad. El resultado es el retorno fallido: el que vuelve aterriza, carretea unos meses y despega de regreso a Estados Unidos. Y a los obstáculos formales se suman los que ningún decreto menciona: los silos —esas tribus académicas y gremiales que no admiten forasteros aunque lleguen con credenciales superiores—, los celos profesionales de quien ve en el repatriado un espejo incómodo, y los sindicatos que administran las plazas hospitalarias y universitarias como patrimonio propio. El injerto no sólo enfrenta papeleo: enfrenta anticuerpos con nombre y apellido.
Digamos con todas sus letras quién gana. Cuando un doctorante mexicano cruza la frontera y se queda, Estados Unidos adquiere un producto semiterminado: se ahorra la primaria, la secundaria y la licenciatura —veinte años pagados por familias y contribuyentes mexicanos— y aporta sólo el acabado final. La región conoce el modelo: una autoparte cruza las fronteras de los tres países hasta siete veces antes de ensamblarse, y cada país cobra el valor que agregó. Con el talento, México pone la manufactura larga, Estados Unidos ensambla, y la pieza jamás regresa.
El refrán lo hemos leído al revés. El problema no es que el que se va pierda su silla: es un país que, con el comedor medio vacío, retira las sillas y además le pone candado al portón.
Porque la información, dada con compasión, salva vidas.