Segundas opiniones (I): lo que dice el silencio del consultorio

  • Columna invitada
  • Raúl Ramos López

Ciudad de México /
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Hay una prueba sencilla para medir la madurez de un médico: escuchar cómo responde cuando el paciente le pide permiso para consultar a alguien más. En esa respuesta breve cabe toda una filosofía de la medicina.

En consultorios privados hay una respuesta que se repite, casi textual: “Vaya con quien quiera, pero no vuelva aquí”. Conviene contrastarla no con otro médico, sino con otro sistema: hay especialidades donde la segunda opinión no depende de que nadie la pida, porque el propio proceso clínico la incorpora antes de que el diagnóstico se considere definitivo.

Ese es el caso de la patología. El patólogo no tiene delante a un paciente, sino una laminilla, es decir, un corte finísimo del tejido obtenido en la biopsia, teñido y montado sobre un vidrio para examinarlo al microscopio; nadie le pide una segunda opinión, y sin embargo en varios hospitales de referencia la revisión por un segundo patólogo es obligatoria: la revista Cáncer documentó esta práctica desde 1999, y hoy es rutina en muchos centros académicos. En casos complejos, las laminillas viajan a otro centro antes de que se firme el reporte final. El radiólogo hace algo parecido ante hallazgos difíciles. Nadie siente amenazada su autoridad, porque la revisión está diseñada dentro del proceso. En el consultorio, en cambio, la segunda opinión tiene rostro: la pide un paciente, y la recibe un médico que puede sentirla como un juicio sobre su persona. Esa es la asimetría que esta columna quiere examinar.

Vale la pena medir lo que está en juego. Un estudio de la Clínica Mayo revisó 286 pacientes referidos desde atención primaria para una segunda opinión: en 21 por ciento el diagnóstico final resultó completamente distinto del original, en 66 por ciento quedó más preciso, y sólo en 12 por ciento se confirmó tal cual. Son casos ya seleccionados como dudosos, no una muestra de cualquier consultorio, pero la cifra basta para desmontar la idea de que pedir otra opinión es un capricho.

Seamos justos con el paternalismo, porque no siempre es el villano de esta historia. Llamo paternalismo médico a la actitud del médico que decide por el paciente lo que considera mejor para él, como lo haría un padre con su hijo, dejándole poco o ningún espacio para participar en la decisión. Un estudio que comparó a pacientes mexicanos y estadunidenses encontró que el médico paternalista mexicano suele ofrecer, a cambio de esa autoridad, mayor cercanía y calidez, algo que los propios pacientes valoran y agradecen. El paternalismo ejercido con generosidad no es indiferencia: es una forma de involucrarse, tal vez en exceso, pero desde el compromiso, no desde la distancia.

El problema empieza cuando esa responsabilidad se convierte en propiedad sobre el paciente, y la segunda opinión se lee como traición. Frente al paciente que la pide hay tres posturas reconocibles. La primera es el rechazo. La segunda, la tolerancia resignada: “si insiste, vaya, pero yo hubiera preferido que confiara en mí”; menos dañina, pero sigue tratando la solicitud como una afrenta. La tercera es la que yo sugeriría, y la que en mi práctica he intentado seguir: “mi opinión es que le convendría consultar con otros especialistas; le doy algunos nombres de colegas con quienes no tengo ningún conflicto de interés y en quienes confío, y usted decide”. Esa frase no cuesta nada, y no es una concesión: es trasladar al consultorio la misma lógica que el patólogo aplica sin dramatismo cada vez que manda una laminilla a revisión antes de firmar el reporte.

Pero la responsabilidad no recae sólo en quien trató primero al paciente. También quien emite la segunda opinión tiene una obligación de mesura que a veces se olvida. No es raro que deslice frente al paciente un juicio despectivo sobre el colega anterior: “no sé quién le hizo esto”, “esto se manejó mal desde el principio”. Ese lenguaje erosiona la confianza del paciente en la medicina entera, no sólo en el médico juzgado, y rara vez aporta algo a la decisión clínica. Conviene un llamado sereno a la prudencia: la segunda opinión debe ser honesta, incluso cuando encuentre errores reales, pero el cuidado en el lenguaje hacia el colega ausente merece el mismo rigor profesional que el diagnóstico mismo.

La Carta de los Derechos Generales de los Pacientes reconoce, desde 2001, el derecho a contar con facilidades para obtener una segunda opinión. La norma existe; lo que falta, en algunos consultorios, es la costumbre, y en otros, el tacto al ejercerla. Ninguna de las dos se legisla: se cultiva.

En la próxima entrega abordaré otra variable: la responsabilidad profesional, y su curiosa capacidad de empujar al médico hacia la segunda opinión en vez de alejarlo de ella.

Porque la información, dada con compasión, salva vidas.

Samantha Martínez



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