La volatilidad, ya sea por la geopolítica o la economía, trae de cabeza las decisiones empresariales, de inversión, política pública y comercio. En medio de ese estrés, el arte mantiene una dinámica propia impulsada por la curiosidad y el apetito cultural que podríamos y deberíamos aprovechar para abrir espacios de diálogo que resuenen en lo empresarial y lo político.
El arte funciona como instrumento de “diplomacia suave y permite abrir un diálogo entre países”, me dijo Ina Johannsen Dibley, directora artística del Parque de Esculturas Ekebergparken en Oslo, Noruega.
Dialogar es clave en momentos de tensiones globales y “los temas difíciles de hablar pueden volverse más fáciles frente a una obra de arte, lo he visto muchas veces, ese es el verdadero valor del arte”, añadió Ina.
El mercado del arte no es inmune a la volatilidad, predecir su comportamiento es siempre complejo. El año pasado, en las subastas más relevantes de noviembre, se vendieron obras de arte por 2 mil 200 millones de dólares, según UBS. Pero fue un año con dificultades y varias galerías cerraron sus puertas. Un evento en mayo culminó con la etiqueta de ‘fracaso’ cuando un busto de bronce de Alberto Giacometti no se vendió. Sotheby’s valuó el lote, que se exhibió en 1956 en la Bienal de Venecia, en más de 70 millones de dólares.
El valor del arte, como bien explicó Ina, no siempre se refleja en un monto que se puede contar en monedas y billetes, y eso es lo rentable en medio de un nerviosismo global por el multilateralismo.
La Ciudad de México vibra entre ferias de arte —Material, Maco, BADA, Salón ACME y más— que impulsan un desarrollo de largo aliento. La Semana del Arte permite “vivir el ecosistema y esto aporta a la ciudad, genera un efecto mariposa en hoteles, restaurantes, transporte, museos, pues todo se involucra y permite un florecer”, me dijo Ina, quien ha trabajado de la mano de coleccionistas privados, instituciones y ciudades en proyectos artísticos. Me contó sobre un evento que presenció entre Noruega y Hungría: un país dio al otro un espectáculo artístico que abrió la puerta a una mejor relación de Estado y creó una plataforma para la vida empresarial. Otro ejemplo es Ekebergparken en Oslo, donde Ina ha mostrado que las iniciativas artísticas revitalizan los espacios públicos, atraen turismo cultural y generan derrama económica. A esto se le conoce como el efecto Bilbao, por el éxito que el museo Guggenheim tuvo en la ciudad española y su desarrollo.
El arte construye puentes que trascienden las divisiones políticas y culturales, es una plataforma para cimentar la buena voluntad y lazos diplomáticos; para el mundo empresarial es la oportunidad de un relacionamiento y redes comerciales más allá de las líneas divisorias de una frontera. El arte como antídoto siempre será una buena estrategia.