Murieron muchas personas más por covid-19 que las reportadas originalmente. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre 2020 y 2023 la pandemia arrebató la vida a 22.1 millones de seres humanos.
Imaginemos que en un solo año desapareciera la totalidad de la población chilena, tres veces los habitantes del Uruguay, o todos los seres humanos que habitan en el golfo Pérsico (Emiratos Árabes, Qatar y Kuwait).
Antes de la publicación del informe estadístico sobre el estado mundial de la salud (World Health Statistics 2026) la cifra oficial de decesos provocados por la pandemia rondaba los 7 millones. Pero el dato estaba equivocado. La OMS advierte ahora que fue tres veces superior.
El ajuste se realizó a partir de un cálculo construido con un indicador conocido como “exceso de mortalidad”, es decir, el número de muertes ocurridas por encima de la tendencia histórica.
La OMS no calcula únicamente las muertes directas causadas por el covid-19, también las indirectas, es decir, los decesos provocados por la disrupción impuesta por la pandemia sobre la sociedad y, dentro de ella, sobre el sistema de salud.
Utilizando a México como ejemplo, sirven los datos del Inegi para explicar este fenómeno. Originalmente el gobierno mexicano informó que, por la pandemia, entre 2020 y 2023 habrían perdido la vida 333 mil 913 personas. Esta cifra se construyó a partir de las actas de defunción disponibles a nivel nacional.
El Inegi, sin embargo, proporcionó otros números. De acuerdo con esta dependencia, considerando el exceso de mortalidad, la pandemia sería en realidad responsable de la pérdida de 700 mil vidas.
Al momento de ajustar los datos para México, la OMS refiere que no fueron 700 mil sino 900 mil muertes. En otras palabras, a cada muerte reportada originalmente por el gobierno mexicano habría que añadir dos más. El mismo informe distingue entre decesos provocados directamente por el virus y aquellos derivados de los fallos del sistema de salud.
El peor momento de la pandemia habría ocurrido en 2021. Ese solo año, justo cuando se presentó la variante delta, el covid-19 se llevó a 10.4 millones de personas en todo el planeta; casi la mitad de los decesos se concentraron en ese año fatídico.
El más reciente informe estadístico de la OMS aporta otros datos que merecen atención. Entre ellos, la vulnerabilidad masculina frente a la pandemia. Durante el periodo de referencia, mientras los varones aportaron 57 por ciento de las muertes, las mujeres lo hicieron con 43 por ciento. Más aún, en 2021 la brecha entre hombres y mujeres alcanzó 20 puntos porcentuales de diferencia.
Si bien no existe una explicación única sobre este fenómeno, la OMS refiere a una mezcla atendible de variables: la respuesta biológica de los sujetos, las condiciones preexistentes de salud y las conductas equivocadas o actitudes erradas de los varones.
Aunque no explora hipótesis de naturaleza genética, evidentemente los cuerpos masculinos fueron menos resistentes al virus. Importa también el descuido previo respecto a la salud por parte de los varones: más hombres que mujeres tenían sobrepeso, o bien padecían enfermedades cardíacas, hipertensión o diabetes. Esto los colocó en una situación superior de riesgo.
También vale hacer notar la precaución o cuidado con que las mujeres enfrentaron la pandemia y, en sentido inverso, el descuido cometido por los hombres. Las actitudes que terminaron siendo mortales se habrían expresado, por ejemplo, en el rechazo masculino al uso del cubrebocas y otras medidas relacionadas con la distancia sanitaria.
No sobra incluir aquí la probabilidad de que los hombres se hayan visto obligados, en un número superior a las mujeres, a continuar yendo a laborar para sostener económicamente a sus familias, sobre todo en aquellos países donde los gobiernos no apoyaron suficientemente a la población trabajadora para que permaneciera en casa.
Otro aporte del informe es la confirmación de la edad como indicador de riesgo. Según la OMS, 65 por ciento de las muertes responden a personas cuya edad superaba los 65 años. En cambio, el siguiente corte de edad –45 a 64 años– concentró solamente 23 por ciento de los decesos.
El documento ofrece igualmente cortes a nivel regional. Al respecto señala que el sudeste asiático (Tailandia, Camboya, Vietnam, Filipinas, Malasia) fue la región más golpeada del planeta. No obstante, si se considera la disminución en la esperanza de vida, entonces las Américas ocuparían el sitio más preocupante.
Entre el año 2000 y el 2019 la expectativa global de vida subió de 67 a 73 años. Sin embargo, durante los años de pandemia la media descendió a 71 años y en el caso de las mujeres cayó de 76 a 70 años. En los hechos, la esperanza de vida retrocedió hasta equiparse a la que había en 2011.
Dentro de las Américas, México destaca por las malas razones. Si bien en el reporte más reciente no se ofrece un análisis detallado por país, documentos previos de la OMS nos señalan como el tercer país con el mayor número de muertes por covid-19; ello, a pesar de que el gobierno mexicano haya llevado uno de los registros más rudimentarios respecto a la mortandad.
Con los datos actualizados del Inegi y de la OMS, la Ciudad de México se habría llevado la medalla al más grande subregistro de decesos. Hoy sabemos que en la capital del país ocurrió 74.04 por ciento más de muertes, respecto de la tendencia esperada. Detrás de la capital se asomó el estado de Puebla con 74 por ciento más de muertes y luego el Estado de México con un exceso de mortandad de 69 por ciento.
A nivel nacional, producto del covid-19, murieron alrededor de 900 mil personas, es decir, unas 570 mil muertes más de las reportadas oficialmente. La Ciudad de México, el Edomex y Puebla concentraron 34 por ciento de esas defunciones.
Se ha dicho antes: México se encuentra entre los países que peor gestionó los riesgos de la pandemia. Tal cosa tiene que ver con tres malas decisiones tomadas por el gobierno: que haya tardado la declaración formal de emergencia, que no haya habido apoyo económico adecuado para las personas trabajadoras del sector informal y que el país tuviera en ese momento un sistema de salud fragmentado y en plena transición porque recién había desaparecido el Seguro Popular y no hubo éxito al crear el Instituto Nacional del Bienestar (Insabi), el cual terminó sepultado, entre otras razones, por la misma pandemia.