Nos encontramos la última vez hace un año y prometimos conversar pronto.
Supe después que la enfermedad lo estaba rondando y me entristeció saber que aquella plática ya no se llevaría a cabo.
Cuauhtémoc Cárdenas marcó muy hondo mi vida pública y quería decírselo. Me resta hacerlo por escrito.
La cigüeña me dejó en una casa lejos de la suya: en 1987 mi familia y su causa política chocaron ruidosamente.
No había entonces cumplido los veinte cuando el movimiento democratizador que encabezó con Porfirio Muñoz Ledo abrió una grieta grande en mi generación.
A esa edad era imposible no simpatizar con sus ideas; siendo sobrino del presidente Miguel de la Madrid, resultaba complejo hacerlo.
Participé en un par de reuniones donde escuché de viva voz lo que pretendían. A diferencia mía, compañeras y compañeros cercanos tuvieron la libertad de sumarse entusiasmados al terremoto en la historia que esos personajes significaban.
De la Madrid me mandó llamar: Manuel Camacho, principal operador político de Carlos Salinas de Gortari, le había reclamado mi cercanía con Muñoz Ledo y Cárdenas. El presidente parecía divertido, más que molesto. Semanas después, el azar me colocó como mensajero entre Los Pinos y los nuevos dirigentes de la oposición. (Esa historia la contaré en otra ocasión).
Aquel episodio cimentó una relación cargada de respeto y, de mí hacia Cárdenas, de mucha admiración. Entendí dos cosas fundamentales: el diálogo que se deben los opuestos, aun en las circunstancias más complejas, y la fuerza que une a las personas, sin importar dónde estén paradas, cuando respetan valores parecidos.
Si hoy me defino de izquierda no es por los que vinieron después, sino por la bandera que el ingeniero levantó entonces y que aún dota de significados a un país que parece haberlos extraviado.
Cuauhtémoc Cárdenas es prueba de que la dignidad, la honestidad y la política pueden coexistir en una misma persona.
Zoom: Tenía pensado decirle que abrazo su memoria cargada de coherencia ahora que lo público me parece tan difícil de habitar.